Magma y lava
El magma es el material fundido que se encuentra bajo la superficie; cuando emerge, se denomina lava. La distinción no es solo terminológica, porque la descompresión y la pérdida de gas modifican su comportamiento.
De la generación de magma en el manto hasta los estilos eruptivos y las crisis históricas más recientes.
El volcanismo de Canarias comienza en el manto superior, donde una anomalía térmica o procesos de convección producen fusión parcial de rocas peridotíticas y generan magma basáltico. Ese magma es menos denso que la roca sólida que lo rodea, por lo que asciende a través de la litosfera oceánica hasta alcanzar una cámara magmática o un sistema de almacenamiento situado a pocos kilómetros de la superficie. Desde allí, la presión de los gases volcánicos y la reactivación de fracturas controlan si el material seguirá acumulándose en profundidad o iniciará una erupción. La mayoría de los volcanes canarios se alinean a lo largo de estructuras en rift, dorsales triangulares que concentran el ascenso del magma y marcan la geometría de islas como La Palma, El Hierro y Tenerife. La composición del magma, su contenido en gases y su viscosidad determinan el carácter de cada erupción. Los basaltos poco evolucionados son fluidos y tienden a producir coladas efusivas que avanzan lentamente, mientras que los magmas más evolucionados o ricos en gas pueden generar actividad explosiva, lanzando piroclastos de distinto tamaño. Entre los productos más comunes se encuentran las coladas de lava, las escorias, los depósitos de ceniza y los tubos volcánicos que se forman cuando la superficie de una colada se solidifica y el interior sigue circulando. La interacción entre magma ascendente y agua subterránea, acuíferos costeros o el mar añade complejidad: puede generar explosiones freáticas o hialomagmáticas, pero también favorece ciertos tipos de texturas, como las lavas en almohadilla que se forman bajo el agua. Las erupciones históricas en Canarias no siguen un patrón único. Desde los episodios de Timanfaya en Lanzarote hasta las erupciones del Teide en 1704-1705 y del Teneguía en 1971, cada crisis ha dejado una secuencia distinta de coladas, cenizas y cambios en el relieve. Las dos últimas crisis, El Hierro en 2011-2012 y La Palma en 2021, han mostrado cómo una misma provincia volcánica puede pasar de una erupción submarina casi imperceptible en superficie a una erupción efusiva continental que destruye edificios y obliga a evacuar poblaciones. Por eso, estudiar el volcanismo canario no solo exige conocer los procesos profundos, sino también entender la variedad de estilos eruptivos y la información que aportan la vigilancia sísmica, la deformación del terreno y la geoquímica de gases.[1][2][3]

La generación de magma parte de la fusión parcial de peridotitas mantélicas, un proceso que requiere una reducción de la presión, un aporte de calor o la presencia de volátiles como el agua y el dióxido de carbono. En Canarias, la litosfera oceánica antigua que sirve de basamento dificulta la fusión por descompresión pura, por lo que los modelos actuales combinan una anomalía térmica con la dinámica de borde de placa.[1]
Una vez formado, el magma asciende por fracturas y conductos preferentes. Cuando el ascenso es rápido y directo, la composición que llega a la superficie se parece mucho a la del manto fuente; cuando se detiene en cámaras intermedias, puede diferenciarse y mezclarse con magmas residuales. Esta historia de almacenamiento es la que explica la coexistencia de basaltos primitivos y magmas más evolucionados en una misma isla.[1]
Las cámaras magmáticas no son depósitos estáticos: actúan como filtros químicos y mecánicos. En ellas, la cristalización fraccionada enriquece el líquido residual en sílice y volátiles, mientras que los cristales más densos pueden sedimentar. Los episodios de mezcla entre magmas de distinta edad y composición son frecuentes y explican parte de la variabilidad química observada en las rocas canarias.[1]
Los diques son cuerpos tabulares que cortan las rocas preexistentes y actúan como conductos de alimentación. Cuando un dique alcanza la superficie, puede generar una fisura eruptiva con varios respiraderos alineados. En las islas con rifts triples, los diques tienden a aprovechar las direcciones estructurales dominantes, lo que distribuye las erupciones a lo largo de dorsales bien definidas.[1]
La cantidad de sílice, óxidos de hierro y magnesio, así como la temperatura, definen la viscosidad del magma. Los basaltos canarios son relativamente pobres en sílice y, por tanto, fluidos, lo que favorece las erupciones efusivas y las coladas extensas. Sin embargo, incluso dentro de los basaltos, pequeñas variaciones en el contenido de gas pueden cambiar el estilo eruptivo.[1]
Los gases disueltos, principalmente vapor de agua, dióxido de carbono y azufre, ejercen la presión que impulsa la erupción. Si el gas se escapa con facilidad, la actividad es tranquila; si la cápsula de roca confina el gas hasta el último momento, la descompresión violenta puede fragmentar el magma en ceniza y lapilli. Esta transición explica por qué una misma erupción puede alternar fases efusivas y explosivas.[1]
El estilo efusivo domina el registro histórico canario. Durante estos episodios, la lava brota de respiraderos o fisuras y avanza como una colada que puede recorrer varios kilómetros antes de enfriarse. La superficie de las coladas adopta dos texturas principales: pahoehoe, con piel lisa y ondulada, y aa, con bloques angulosos y ásperos. Ambas texturas pueden aparecer en la misma colada a medida que cambian las condiciones de flujo.[1][2]
Los productos explosivos, aunque menos frecuentes, son importantes. Consisten en piroclastos, fragmentos de magma y roca expulsados con los gases. Según su tamaño se clasifican en bombas, lapilli y ceniza. Los depósitos piroclásticos construyen conos de escorias y cráteres de explosión, y pueden afectar grandes áreas si el viento transporta la ceniza hacia regiones pobladas.[1]
Cuando el magma entra en contacto con agua subterránea o marina, el enfriamiento rápido puede fragmentar el magma en partículas de vidrio y producir brechas hialoclastíticas. Si el agua penetra en el conducto y se vaporiza bruscamente, la expansión del vapor genera explosiones freáticas o hialomagmáticas, capaces de expulsar ceniza húmeda y formar cráteres de maar.[1]
Bajo el mar, las coladas se enfrían de manera uniforme por todas partes y desarrollan la típica morfología en almohadilla. En Canarias, restos de esta etapa submarina afloran en lugares como el Complejo Basal de Fuerteventura y La Gomera, y permiten reconstruir la profundidad y la velocidad de crecimiento del edificio antes de la emersión.[1][2]
El registro histórico de Canarias incluye erupciones en Lanzarote, Tenerife y La Palma entre los siglos XV y XXI. Cada evento ha dejado marcas en el relieve, en los usos del suelo y en la memoria social. Longpre y Felpeto han revisado este volcanismo histórico, destacando que la distribución espacial y temporal no responde a un único patrón predecible, sino a la interacción entre conductos, estructuras y la propia evolución de cada edificio.[1]
La crisis de El Hierro en 2011-2012 comenzó con una intrusión submarina al sur de la isla, detectada por enjambres sísmicos, deformación del terreno y cambios geoquímicos. La erupción fue principalmente submarina y generó una pluma discromática visible en la superficie. En contraste, la erupción de La Palma en 2021 se inició en la zona de Cabeza de Vaca, dentro del edificio emergido, y produjo coladas que llegaron hasta el mar, destruyendo infraestructuras y obligando a la evacuación de miles de personas.[1][2]
El magma es el material fundido que se encuentra bajo la superficie; cuando emerge, se denomina lava. La distinción no es solo terminológica, porque la descompresión y la pérdida de gas modifican su comportamiento.
Cuerpo tabular de magma que corta rocas más antiguas y actúa como conducto de alimentación entre una cámara profunda y la superficie.
Dorsal fracturada por la que asciende magma y a lo largo de la cual se concentran las erupciones. En Canarias, las estructuras en rift triple dan forma a islas como La Palma, El Hierro y Tenerife.
Fragmento de magma, lava o roca expulsado durante una erupción explosiva. Según su tamaño se clasifica en bomba, lapilli o ceniza.
Masa de lava que avanza por la superficie tras salir de un respiradero o fisura. Su longitud y espesor dependen de la viscosidad, la pendiente y la tasa de emisión.
Dos estilos eruptivos opuestos pero no excluyentes. El estilo efusivo deja coladas de lava; el explosivo fragmenta el magma y genera piroclastos. Una misma erupción puede alternar ambos.
Una anomalía térmica o procesos de convección generan magma basáltico a partir de rocas mantélicas.
El magma asciende por diferencia de densidad y aprovecha fracturas y zonas de debilidad de la corteza oceánica.
En cámaras intermedias el magma puede cristalizar parcialmente, diferenciarse y mezclarse con otros lotes.
El magma se introduce en diques que cortan el edificio y pueden llegar hasta la superficie formando fisuras eruptivas.
La lava o los piroclastos salen al exterior y se acumulan en coladas, conos o depósitos de ceniza.
El contacto con agua genera explosiones o texturas en almohadilla; al final, el conjunto se enfría y queda fijado en el relieve.
La crisis de El Hierro comenzó en julio de 2011 con un enjambre sísmico que fue interpretado como el ascenso de magma desde profundidades intermedias hacia el borde sur de la isla. Durante meses, la actividad sísmica, la deformación y los cambios en la emisión de gases monitoreados por el IGN permitieron reconstruir la evolución de la intrusión. La erupción final fue submarina, con emisiones de lavas en almohadilla y una pluma visible en la superficie, pero sin peligro directo para la población.[1][2]
La erupción de La Palma en 2021 representó el polo opuesto: una fisura en tierra emergida que emitió coladas basálticas fluidas durante aproximadamente tres meses. Las coladas destruyeron edificios, infraestructuras y cultivos, y al llegar al mar generaron una plataforma de lava costera. La respuesta de PEVOLCA incluyó la evacuación preventiva de miles de personas y la vigilancia continua de la calidad del aire y del agua. Ambos casos muestran que el estilo eruptivo condiciona la gestión del riesgo tanto como la magnitud del evento.[1][2]
Herramientas institucionales para consultar cartografía, vigilancia y planificación.
Cartografía de referencia por hojas del IGME-CSIC.
Datos sísmicos, deformación y geoquímica de gases en tiempo real para Canarias.
Informes técnicos, mapas de coladas y resumen de la actividad publicados por el IGN.
Marco oficial de gestión del riesgo volcánico, escenarios y protocolos de actuación en Canarias.