Recarga
Agua que penetra desde la superficie hacia un acuífero, principalmente por lluvia e infiltración en terrenos permeables.
Cómo circula el agua en terrenos volcánicos, qué acuíferos alimentan a las islas y qué potencial geotérmico guardan sus profundidades.
El agua es uno de los recursos más escasos y decisivos del archipiélago canario. A diferencia de las islas continentales, Canarias no cuenta con ríos permanentes de montaña ni con grandes cuencas sedimentarias; su hidrogeología depende de la capacidad de las rocas volcánicas para almacenar y conducir el agua de lluvia desde la superficie hasta los acuíferos subterráneos. Esta capacidad depende de la porosidad, el número y tamaño de los poros, y de la permeabilidad, la facilidad con que el agua puede moverse a través de ellos. Las lavas basálticas con fracturas, los derrubios de escoria y los depósitos de piroclastos crean espacios donde el agua puede infiltrarse, pero también hay capas compactas o arcillosas que la frenan y la obligan a fluir de manera lateral. Cada isla forma un sistema hidrogeológico propio, definido por su geología, su relieve, su clima y la distribución de la recarga. En las islas más húmedas y elevadas, como Tenerife, La Palma o La Gomera, la lluvia y la escorrentía alimentan acuíferos profundos que pueden explotarse mediante galerías horizontales, pozos o sondeos. En las islas orientales más áridas, como Fuerteventura y Lanzarote, la recarga es escasa y la explotación debe competir con la evaporación, la intrusión marina y la sobreexplotación. Los planes hidrológicos de Canarias recogen estas diferencias y proponen una gestión sostenible basada en la recarga real, no en la demanda deseada. La geotermia añade una dimensión energética a la hidrogeología. En terrenos volcánicos activos, el calor residual del magmatismo puede elevar la temperatura del agua subterránea y de las rocas a profundidades accesibles mediante sondeos. Este recurso se utiliza en algunas instalaciones de climatización y agua caliente sanitaria, pero su desarrollo a gran escala requiere conocer la distribución de la temperatura, la permeabilidad profunda y la sostenibilidad del sistema. La geotermia no es una solución ilimitada: extraer calor más rápido del que se renueva puede agotar localmente el recurso y afectar a otros usos del agua subterránea.[1][2][3][4]

La recarga es el agua que penetra en el acuífero desde la superficie, principalmente a través de la lluvia y, en menor medida, de la escorrentía en barrancos y zonas de lavas fracturadas. En Canarias, la recarga varía enormemente entre el lado de barlovento de las islas altas, donde las nubes alisias aportan humedad constante, y las zonas áridas del este, donde la precipitación es escasa e irregular.[1][2]
Una vez infiltrada, el agua fluye gravitacionalmente hacia zonas de menor energía potencial, siguiendo las fracturas, los contactos entre coladas y los niveles más permeables. La dirección del flujo no siempre coincide con la superficie topográfica, porque las capas volcánicas pueden inclinarse o quedar truncadas por fallas que desvían el agua hacia el mar o hacia otras unidades hidrogeológicas.[1][2]
La porosidad determina cuánta agua puede almacenar una roca. En los materiales volcánicos canarios, la porosidad puede ser intergranular, cuando se produce entre fragmentos de escoria o piroclastos, o fracturada, cuando se abre en grietas y diaclasas. Las lavas basálticas masivas tienen baja porosidad primaria, pero pueden albergar una permeabilidad elevada si están fracturadas.[1][2]
La permeabilidad, por su parte, controla la velocidad a la que el agua se mueve y, por tanto, la productividad de un acuífero. Dos rocas pueden tener la misma porosidad pero distinta permeabilidad si una tiene poros conectados y la otros poros aislados. Esta diferencia explica por qué algunas zonas de apariencia similar producen caudales muy distintos.[1][2]
Un acuífero es una formación geológica capaz de almacenar y transmitir agua en cantidades explotables. En Canarias, los acuíferos se encuentran principalmente en coladas basálticas fracturadas, en derrubios de escoria y en depósitos piroclásticos. Cada isla puede tener varios acuíferos diferenciados, separados por niveles poco permeables o por cambios litológicos.[1][2]
La cuenca hidrogeológica es el área de recarga que alimenta un acuífero. No siempre coincide con la cuenca visual definida por los barrancos, porque el agua subterránea puede atravesar límites topográficos a través de fracturas profundas. Conocer la extensión real de la cuenca es esencial para calcular la recarga disponible y planificar la extracción.[1][2]
Las islas occidentales, más jóvenes y elevadas, disponen de acuíferos profundos con recarga relativamente elevada por las precipitaciones en cumbres y la condensación de las nubes alisias. Las islas orientales, más antiguas y bajas, dependen de acuíferos costeros y de pequeñas cuencas donde la recarga es limitada y la explotación histórica ha reducido los niveles freáticos.[1][2]
Esta diferencia explica por qué algunas islas han desarrollado sistemas de galerías horizontales para captar agua del interior de los acantilados, mientras que otras dependen más de la desalación y del reúso. No existe una solución hidrogeológica única para todo el archipiélico; cada isla requiere un plan ajustado a su clima, geología y demanda.[1][2]
Los planes hidrológicos de Canarias establecen la masa de agua, la recarga, la extracción permitida y el estado cualitativo de cada acuífero. Su objetivo es evitar la sobreexplotación, que puede producir descensos del nivel freático, reducción de caudales ecológicos e intrusión marina en acuíferos costeros.[1]
La sostenibilidad no depende solo de la cantidad extraída, sino también de la calidad del agua. La contaminación agrícola, urbana o salina puede hacer que un acuífero numéricamente equilibrado sea inutilizable para ciertos usos. Por eso la vigilancia hidroquímica es tan importante como la medida de niveles y caudales.[1][2]
La sobreexplotación de acuíferos no solo reduce los recursos disponibles, sino que puede inducir la intrusión marina y degradar ecosistemas asociados a los niveles freáticos. La geotermia, si no se gestiona con criterios de sostenibilidad, puede agotar localmente el calor disponible y competir con otros usos del agua subterránea. Ambos recursos exigen vigilancia continua y regulación basada en datos actualizados.[1][2][3]
La geotermia aprovecha el calor almacenado en rocas y aguas subterráneas. En Canarias, el gradiente geotérmico es mayor en zonas con actividad volcánica reciente, donde el calor residual del magmatismo puede elevar la temperatura del agua a profundidades accesibles. Los manuales de geotermia del Gobierno de Canarias recogen la metodología para evaluar este recurso.[1][2]
El aprovechamiento geotérmico de baja entalpía, para climatización y agua caliente, es el más desarrollado en el archipiélago. Los proyectos de alta entalpía requieren sondeos profundos y un conocimiento detallado de la permeabilidad y la temperatura a varios kilómetros de profundidad, campos en los que la información disponible sigue siendo fragmentaria.[1][2]
Agua que penetra desde la superficie hacia un acuífero, principalmente por lluvia e infiltración en terrenos permeables.
Proporción de espacios vacíos en una roca que determina su capacidad de almacenar agua.
Capacidad de una roca para dejar pasar el agua, determinada por la conexión entre sus poros o fracturas.
Formación geológica que almacena y transmite agua en cantidades suficientes para ser explotada.
Capa de baja permeabilidad que retarda el flujo de agua entre acuíferos sin impedirlo del todo.
Túnel horizontal de pequeña sección construido para captar agua subterránea o de filtración en laderas.
Entrada de agua salada en un acuífero costero debido a la sobreexplotación o a la reducción natural de la recarga.
Aprovechamiento del calor natural almacenado en rocas y aguas subterráneas para usos energéticos.
La lluvia y, en algunas zonas, la condensación de nubes alisias aportan agua a la superficie de las islas.
El agua penetra en lavas fracturadas, escorias y piroclastos, siguiendo las zonas de mayor permeabilidad.
El agua se acumula en los espacios porosos y fracturados, formando una reserva subterránea alimentada continuamente por la recarga.
Las galerías horizontales captan agua de filtración en laderas, mientras que los pozos y sondeos acceden a acuíferos más profundos.
Se controlan los niveles freáticos y la concentración de cloruros para detectar sobreexplotación o intrusión marina.
Tenerife ejemplifica el sistema de una isla alta y húmeda. Sus cumbres reciben precipitaciones y condensación de nubes que recargan acuíferos profundos en coladas basálticas. La explotación combina galerías horizontales en laderas, pozos en el interior y, en menor medida, sondeos costeros. Los planes hidrológicos distinguen varias masas de agua con recargas y extracciones distintas.[1][2]
Fuerteventura representa el extremo contrario: una isla baja, árida y geológicamente antigua, donde la recarga es escasa y los acuíferos costeros son vulnerables a la intrusión marina. La explotación histórica ha reducido los niveles freáticos en algunas zonas, lo que ha obligado a complementar el agua subterránea con desalación y reúso. La diferencia entre ambas islas muestra que no existe un modelo hidrogeológico único para Canarias.[1][2]
Ambos casos subrayan que la sostenibilidad hidrogeológica depende de ajustar la extracción a la recarga real y de proteger la calidad del agua. En Tenerife, el desafío es evitar la sobreexplotación de acuíferos costeros; en Fuerteventura, el reto es maximizar el aprovechamiento de una recarga muy limitada sin degradar el recurso.[1][2]

El agua es un recurso limitado y esencial en las Islas Canarias. Este artículo explora su procedencia, gestión y los desafíos asociados a su aprovechamiento.
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Cartografía de referencia por hojas del IGME-CSIC.
Planificación de masas de agua, recarga, extracción y estado de acuíferos en Canarias.
Guías técnicas para la evaluación y explotación sostenible del recurso geotérmico.