Hay una frase que todo lanzaroteño conoce, aunque no siempre sepa de dónde viene: “una enorme montaña se elevó del seno de la tierra, y del ápice se escapaban llamas”. La escribió un párroco de pueblo, a mano, mientras el suelo bajo sus pies se abría literalmente en dos.[1]
El 1 de septiembre de 1730, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza.[2] Así empieza el relato de don Andrés Lorenzo Curbelo, párroco del pueblo, que, teniendo el suelo abriéndose durante más de seis años consecutivos delante de los ojos, decidió hacer algo que en su época resultaba casi insólito: en lugar de limitarse a rezar o a buscar explicaciones religiosas al desastre, se sentó a observar, medir y describir, con una precisión que sorprende todavía hoy.
Seis años de fuego
Lo que siguió fue una de las erupciones más largas y devastadoras de la historia volcánica europea moderna. Entre 1730 y 1736, el suelo de Lanzarote se abrió una y otra vez, con pausas y recaídas, sepultando bajo lava más de una veintena de pueblos y destruyendo las zonas de cultivo más fértiles de la isla. Curbelo documentó cada nueva grieta, cada nuevo cono volcánico, cada vez que el fenómeno parecía apagarse para resurgir semanas después con más fuerza. En uno de los pasajes narra cómo una colada arrasó la ermita de San Juan Bautista, cerca de Yaiza, y cómo el ganado de la comarca murió asfixiado por los vapores tóxicos que se extendían por el aire.[1]
Una crónica, no una plegaria
Lo que hace especial el diario de Curbelo no es solo su valor como testimonio directo, sino su enfoque. En una época en que los fenómenos naturales de esta magnitud se interpretaban casi siempre como castigos divinos, el párroco de Yaiza optó por una mirada distinta: observar antes que juzgar, describir antes que interpretar. Por eso se le considera hoy una de las primeras crónicas científicas de una erupción volcánica en la historia de Europa —escrita, paradójicamente, no por un naturalista, sino por un hombre de iglesia armado solo con papel, pluma y una paciencia difícil de imaginar.
Lo que queda
El texto original se perdió, y lo que ha llegado hasta nosotros son copias y traducciones posteriores, no siempre fieles entre sí —lo cual ha generado, con los siglos, pequeñas discrepancias en los detalles—. Pero el núcleo del relato sigue intacto, y hoy sus fragmentos se exhiben en el centro de visitantes del Parque Nacional de Timanfaya, mientras en Yaiza, su pueblo, se le recuerda como una figura fundacional de la identidad de la isla.
Lo curioso es que, sin saberlo, Curbelo dejó algo más que una crónica de catástrofe: dejó el acta de nacimiento de un paisaje. El Timanfaya que hoy fotografían los turistas, ese mar de lava negra que César Manrique convertiría dos siglos después en materia prima artística, nació exactamente en las páginas que un cura de pueblo escribió mientras todo, a su alrededor, ardía.
