Emigración masiva por crisis y erupciones: Lanzarote y Fuerteventura en los siglos XVII y XVIII
Durante los siglos XVII y XVIII, Lanzarote y Fuerteventura experimentaron importantes movimientos migratorios, principalmente a causa de crisis agrícolas, sequías prolongadas y eventos catastróficos como la erupción del volcán de Timanfaya. Estos fenómenos afectaron profundamente la demografía y la estructura social de ambas islas, generando un flujo constante de emigrantes hacia otras islas del archipiélago canario, especialmente Gran Canaria y Tenerife[1].
Las crisis de subsistencia, derivadas de la escasez de lluvias y malas cosechas, fueron recurrentes en ambas islas. Por ejemplo, entre 1626 y 1632, una grave coyuntura afectó especialmente a Lanzarote, provocando la emigración de numerosos habitantes hacia Fuerteventura y Gran Canaria. En 1628, el cabildo de Gran Canaria registró la llegada de unas dos mil personas pobres, niños, mujeres y viejos procedentes de Lanzarote y Fuerteventura, muchas de las cuales fallecieron durante el trayecto[1].
La emigración se intensificaba en los años de malas cosechas. En 1676, la producción agrícola fue nula, lo que provocó un descenso poblacional notable. Entre 1682 y 1685, la huida generalizada de habitantes hacia Gran Canaria se reflejó en la reducción de la población de Fuerteventura, que pasó de 4.064 habitantes en 1683 a solo 2.127 en 1684. En 1693, tras nuevas malas cosechas, casi toda la población de Fuerteventura se desplazó a Gran Canaria, aunque muchos de los emigrantes murieron allí o en el regreso[1].
Uno de los episodios más significativos fue la erupción del Timanfaya en Lanzarote (1730-1736). Según la fuente, el volcán afectó a cerca del 57% de la población insular. Muchos emigraron a islas vecinas, especialmente a Fuerteventura, donde se calcula que en noviembre de 1731 habían llegado unas 363 personas procedentes de Lanzarote. Posteriormente, la Audiencia autorizó la emigración de unos 400 vecinos, lo que equivaldría a cerca de 1.848 personas, es decir, un 44% de la población de la isla en ese momento[1].
La llegada masiva de emigrantes generó tensiones en las islas receptoras. En Gran Canaria, por ejemplo, el cabildo llegó a acordar en 1721 no admitir más emigrados de Fuerteventura y Lanzarote que los tres mil que hasta el momento habían llegado. En Tenerife, se calcula que en La Laguna se sirvieron unas 200.000 raciones de comida entre 1771 y 1772 para socorrer a los pobres de Lanzarote y Fuerteventura[1].
A pesar de las órdenes de las autoridades para limitar la emigración y evitar el despoblamiento de las islas orientales, la falta de recursos y la gravedad de las crisis obligaron a muchos habitantes a buscar refugio y sustento en otras islas. En algunos casos, como tras la erupción del Timanfaya, parte de los emigrantes no regresaron a sus lugares de origen, estableciéndose definitivamente en las islas receptoras[1].
Estos movimientos migratorios, documentados en fuentes parroquiales y actas de cabildos, muestran la vulnerabilidad de las sociedades insulares ante las crisis ambientales y económicas, así como la importancia de la movilidad interinsular en la historia de Lanzarote y Fuerteventura durante la Edad Moderna[1].
