Tenerife fue la última de las grandes islas en incorporarse a la Corona de Castilla, y su conquista resultó la más larga y compleja del archipiélago. Antes de 1494, la isla estaba poblada por sociedades guanches de origen norteafricano, vinculadas al mundo bereber o amazigh, que habían desarrollado una cultura pastoril adaptada a la montaña, al viento y al mar. Su presencia configuró el paisaje humano de la isla durante siglos.

La organización política se dividía en nueve menceyatos —Anaga, Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod, Daute, Adeje, Abona y Güímar—, cada uno gobernado por un mencey que ejercía el poder desde un tagoror, lugar de audiencia y consejo. La sociedad guanche conocía una marcada estratificación: los nobles o achimencey, un grupo intermedio llamado cichiciquitzo, y los campesinos y pastores achicaxna.

La economía se sustentaba en el pastoreo de cabras y ovejas, el cultivo de cebada y trigo, la recolección de miel de palmilla y la pesca costera. Los guanches practicaban la momificación de sus muertos, dejando cuerpos embalsamados que aún hoy permiten estudiar su bioantropología, y desarrollaron un sistema de creencias en torno a figuras como Achguayaxerax. Las crónicas recuerdan además una enfermedad que los propios guanches llamaban modorra y que, al presentarse, causaba tantas víctimas como una epidemia.

La Virgen de Candelaria ocupó un lugar central en la memoria religiosa de la isla. Según las crónicas, una imagen de la Virgen apareció en una playa del sur antes de la conquista, y su devoción se extendió hasta convertir a Candelaria en centro de peregrinación para todo el archipiélago canario. El dominico fray Alonso de Espinosa recogió esa tradición en su Historia de Nuestra Señora de Candelaria.

La primera expedición de Alonso Fernández de Lugo desembarcó en 1494 en la zona de Añazo, la actual Santa Cruz de Tenerife, donde levantó un fortín. Los menceyatos del sur, evangelizados tiempo antes por los misioneros, se mostraron neutrales y formaron los llamados bandos de paz, mientras que los del norte, encabezados por Taoro, decidieron combatir como bandos de guerra. Cuando Lugo avanzó hacia el interior, los guanches de Bencomo le tendieron una emboscada en el barranco de Acentejo: las tropas castellanas fueron derrotadas y el propio Lugo estuvo a punto de perder la vida. Aquel lugar se conoce hoy como La Matanza de Acentejo.

Entre 1494 y 1496, Lugo organizó una segunda campaña con un ejército más numeroso y mejor armado, reforzado desde Gran Canaria y La Gomera, y reconstruyó el fortín de Añazo. En los llanos de Aguere, junto a la actual La Laguna, los guanches fueron vencidos y el mencey Bencomo perdió la vida en combate. Las epidemias que diezmaron a la población indígena debilitaron la resistencia, que sufrió una última derrota en la comarca de Acentejo, entre los actuales pueblos de La Matanza y La Victoria. En la primavera de 1496, con la rendición de Anaga, la isla quedó incorporada a Castilla; en Los Realejos, el mirador del Lance recuerda hoy con una escultura al mencey Bentor.

La conquista y la colonización desarticularon el mundo guanche. Muchos indígenas fueron vendidos como esclavos antes, durante y después de la guerra, y los documentos registran cautivos procedentes de cada uno de los nueve bandos de la isla. Las órdenes de liberación, como la promovida en 1477 por el obispo Juan de Frías, y las quejas constantes de guanches libres que reclamaban la libertad de sus paisanos lograron algunas manumisiones, aunque la esclavitud y la servidumbre persistieron. Los supervivientes atravesaron un duro proceso de aculturación, si bien algunos grupos mantuvieron viva la conciencia de su propia identidad.

Fundada en 1496, San Cristóbal de La Laguna se convirtió en la primera capital colonial de Tenerife y en el primer trazado urbano planificado sin murallas del espacio atlántico. Desde allí se articuló la nueva administración insular, la evangelización y la distribución de tierras entre los conquistadores.

Durante los siglos XVI y XVII, la economía giró en torno al azúcar, el vino y los tintes de cochinilla. Los vinos de malvasía dieron fama internacional a Tenerife: tras la paz con Inglaterra, mercaderes ingleses formaron una compañía con privilegio real que enviaba agentes a la isla para comprar los mejores caldos y revenderlos en Londres con enormes ganancias. El ayuntamiento de La Laguna llegó a expulsar a los factores ingleses, y cuadrillas de enmascarados asaltaron de noche las bodegas para derramar el vino destinado a la compañía. En el siglo XIX, el plátano se convirtió en el cultivo de exportación por excelencia, mientras el puerto de Santa Cruz crecía como principal nudo comercial entre Europa, África y América.

En julio de 1797, en plena guerra con Inglaterra, el contraalmirante Horatio Nelson atacó Santa Cruz de Tenerife con una división de nueve buques y dos mil hombres de desembarco, atraído por el cargamento de una fragata llegada de Manila. La plaza, defendida por el general Gutiérrez con tropas veteranas y milicias isleñas, rechazó el asalto: al atracar en el muelle, una bala de cañón fracturó el brazo derecho de Nelson, y las columnas británicas, cercadas en el convento de Santo Domingo, capitularon el 25 de julio y reembarcaron.

En el siglo XVIII, la Ilustración convirtió a La Laguna en un foco literario y científico: en sus tertulias se formó el historiador José de Viera y Clavijo, y durante décadas los tinerfeños reclamaron una universidad con cátedras de teología, jurisprudencia y medicina. El empeño cristalizó en la Universidad de San Fernando, creada en 1817 y considerada el primer centro de altos estudios de Tenerife. De paso hacia América, el naturalista Alexander von Humboldt desembarcó en la isla y consideró el valle de La Orotava uno de los lugares más hermosos del mundo; en 1803, Santa Cruz instaló su primer ayuntamiento.

El crecimiento portuario de Santa Cruz durante los siglos XVIII y XIX fue desplazando el eje administrativo de la isla. En 1833, Santa Cruz se convirtió en capital provincial, aunque La Laguna conservó su peso institucional con la universidad y el obispado. En el siglo XX, la creación de los cabildos insulares y la división del archipiélago en dos provincias reordenaron la vida política, mientras la emigración —que en la posguerra alcanzó hacia Venezuela niveles de verdadera diáspora— y el posterior auge turístico transformaron la economía y la sociedad insulares. Hoy Tenerife combina su memoria guanche, su tradición religiosa y su posición como centro político y turístico del archipiélago.

Claves de esta sección

Nueve menceyatos

Tenerife estaba dividida en Anaga, Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod, Daute, Adeje, Abona y Güímar, cada uno con su propio mencey.

Tres estamentos sociales

La sociedad guanche distinguía a los nobles achimencey, el grupo intermedio cichiciquitzo y los campesinos achicaxna.

Momificación y religión

Los guanches embalsamaban a sus muertos y desarrollaron un panteón liderado por Achguayaxerax, además de la devoción a la Virgen de Candelaria.

Conquista de 1494-1496

Alonso Fernández de Lugo fracasó en 1494, pero entre 1494 y 1496, aprovechando divisiones y epidemias, sometió la isla tras la rendición de Anaga.

La Laguna, capital colonial

Fundada en 1496, fue el primer trazado urbano planificado sin murallas del Atlántico y sede de la administración insular.

Santa Cruz, capital provincial

El auge del puerto desplazó el eje administrativo; en 1833 Santa Cruz se convirtió en capital provincial de Tenerife.

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Fuentes