La historia económica de Tenerife puede leerse como una sucesión de ciclos de exportación atlántica. Desde la conquista, la isla vivió de colocar en los mercados exteriores un producto dominante —el azúcar, el vino, la cochinilla, el plátano, el tomate— y de las crisis que sobrevenían cuando ese producto perdía precio o compradores. Cada ciclo redistribuyó la tierra, el agua y la población, y cada crisis empujó a miles de tinerfeños hacia América. Esa alternancia de bonanzas y quiebras, mediada siempre por el mar, es la clave que enlaza la sociedad colonial con la isla de servicios y turismo de hoy.
El primer ciclo fue el del azúcar. Tras la conquista, el reparto de tierras y aguas mediante las datas puso en marcha una economía colonial exportadora: solo en 1505 se distribuyeron en Tenerife más de mil hectáreas, y las mejores suertes de regadío se concedieron junto al agua que las hacía valiosas. La agroindustria azucarera prosperó en Tenerife como en La Gomera, La Palma y, sobre todo, Gran Canaria, y con ella nació todo un derecho insular del agua: acequias, albercones, pozos excavados en los cauces de los barrancos —como los que fueron luego del marqués de Adeje— y sencillas galerías o minas de captación que anticipan la gran minería del agua de siglos posteriores.
Al azúcar lo sustituyó el vino, y en particular el malvasía, que atrajo hacia Tenerife a los mercaderes del norte de Europa. Tras ajustarse la paz con Inglaterra a mediados del siglo XVII, varios comerciantes ingleses, viendo en el tráfico de los vinos de malvasía un negocio de valiosas y seguras ganancias, formaron una compañía llamada de Canarias con privilegio real y enviaron a Tenerife, punto central de su negociación, agentes que compraban a bajo precio los mejores caldos para venderlos en Londres con fabulosa ganancia. El monopolio provocó un conflicto abierto: el ayuntamiento de La Laguna y la Audiencia expulsaron a los factores ingleses y prohibieron vender vino a la compañía de Londres, y cuadrillas de trescientos a cuatrocientos enmascarados entraron de noche en las bodegas para romper los cascos y derramar el codiciado licor.
El eje comercial de la isla se desplazó con los siglos hacia Santa Cruz. La erupción de 1706 había arrasado Garachico y el único puerto natural de Tenerife, y la rada santacrucera, residencia habitual de los comandantes generales desde la época de Valhermoso, concentró el tráfico y el poder: a su recinto llegaba a diario la venta de frutos del país. La ley de 27 de enero de 1822 la proclamó capital de la provincia de Canarias, que contaba entonces 213.108 almas, y la Ley de Puertos Francos de 1852, impulsada por Bravo Murillo, abrió el archipiélago al librecambio y consolidó el puerto como escala del comercio atlántico entre Europa, África y América.
El siglo XIX fue el de la cochinilla. El insecto tintóreo llegó a España en 1820, cuando ocho nopales cargados de cochinilla se remitieron desde América a la Sociedad Económica de Cádiz, y un decreto de las Cortes de 29 de junio de 1822 mandó extender su cultivo a las provincias de clima propicio. Canarias llegó a ser casi la única productora mundial, pero el negocio quedó en manos de los agentes británicos que monopolizaban la compra de la materia prima y fijaban su precio. Cuando el mercado se hundió, la crisis agrícola de hacia 1880 abrió un debate que dividía a la isla: dedicar la tierra a los cultivos de subsistencia para abaratar el alimento de una población empobrecida, o apostar por nuevos cultivos de exportación.
Triunfó la segunda opción. En el último cuarto del siglo XIX los británicos introdujeron en las dos islas principales la nueva agricultura de plantación del plátano, el tomate y la papa, que dominó el campo tinerfeño durante el siglo XX y todavía encabeza su agricultura de exportación. Pero ni siquiera el nuevo ciclo detuvo la sangría demográfica: la escasez de recursos y de empleo alimentó una emigración creciente hacia América, sobre todo a Cuba —cuya guerra de independencia culminó con la pérdida de la isla en 1898— y más tarde a Venezuela, corrientes que dejaron una huella familiar, cultural y económica aún perceptible, también en forma de retornos y remesas.
En paralelo nació el turismo. Desde 1887, los estudios de médicos y científicos británicos sobre el clima insular alumbraron un turismo terapéutico que hizo del Valle de La Orotava y del Puerto de la Cruz su escenario pionero: hacia 1895 el turismo anglosajón alcanzaba ya un peso considerable en la economía del archipiélago, con hoteles administrados por ingleses, y a principios del siglo XX se sumaron los grandes establecimientos como el Hotel Taoro o el Humboldt-Kurhaus, el tranvía eléctrico, un observatorio meteorológico alemán en Las Cañadas del Teide y hasta una estación científica en el Puerto de la Cruz para el estudio de los primates. Sobre esa base, el turismo de masas transformó el sur árido desde los años sesenta y setenta: la apertura del aeropuerto Reina Sofía en 1978 impulsó el despegue de Adeje, Arona y los municipios vecinos.
La sociedad tinerfeña actual, con una población en torno a los 930.000 habitantes, vive sobre todo de los servicios, el comercio portuario y el turismo. La Laguna, convertida en centro literario y científico por tertulias como la de Nava —donde ensayó su pluma Viera y Clavijo— tras el temprano intento de universidad en el convento de San Agustín, es hoy la ciudad universitaria de la isla y comparte con Santa Cruz la centralidad administrativa de la provincia occidental. La otra cara del modelo es el retroceso agrario: muchas tierras de cultivo han sido ocupadas por la edificación turística y residencial, y la agricultura que resiste se refugia en el plátano, el tomate y los invernaderos, testigos de una isla que cambió el campo por el sector servicios sin dejar de mirar al Atlántico.
Claves de esta sección
Ciclos de exportación atlántica
Azúcar, vinos de malvasía, cochinilla y luego plátanos y tomates se sucedieron como monocultivos dominantes, cada uno con su bonanza, su crisis y su oleada migratoria.
El malvasía y los ingleses
En el siglo XVII una compañía inglesa con privilegio real monopolizó desde Tenerife el comercio del malvasía hacia Londres, hasta que La Laguna expulsó a sus agentes y cuadrillas enmascaradas derramaron el vino de las bodegas.
Santa Cruz, puerto y capital
Residencia de los comandantes generales, Santa Cruz fue proclamada capital de la provincia por la ley de 27 de enero de 1822, y la Ley de Puertos Francos de 1852 consolidó su papel en el comercio atlántico.
Cochinilla y crisis de 1880
Extendida por decreto de las Cortes de 1822, la cochinilla convirtió a Canarias en productor casi único mundial bajo control comercial británico; su hundimiento abrió el debate entre subsistencia y exportación.
Plátano, tomate y emigración
Los británicos introdujeron la agricultura de plantación del plátano, el tomate y la papa en el último cuarto del XIX, mientras la falta de empleo empujaba la emigración hacia Cuba y Venezuela.
Del turismo terapéutico al sur de masas
El turismo médico británico desde 1887 hizo pionero al Puerto de la Cruz, con hoteles como el Taoro; desde los años sesenta y setenta, y con el aeropuerto Reina Sofía (1978), el turismo de masas transformó Adeje y Arona.
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Fuentes
- Agustín Millares Torres (refundición por Agustín Millares Carlo y Antonio Fleitas Santana) — Historia General de las Islas Canarias (1945), pp. 546 p. Memoria Digital de Canarias — ULPGCVer ficha bibliográfica
- Fernando De Ory Ajamil — Ciencia y presencia extranjera en las Islas Canarias (de la Ilustración a la primera guerra mundial) (1998) Dialnet (Universidad de La Rioja)Ver ficha bibliográfica
- Antonio M. Macías Hernández — La colonización europea y el derecho de aguas. El ejemplo de Canarias, 1480-1525 (2009), pp. 715-738 Dialnet (Universidad de La Rioja)Ver ficha bibliográfica
- Carlos Valderrábano Fernández-Trujillo; María Isabel Hernández Luna — Geología de las Islas Canarias. Construcción y evolución del paisaje (1987), pp. 48 p. Memoria Digital de Canarias — ULPGCVer ficha bibliográfica