Lanzarote es la isla más oriental de Canarias y una de las de relieve menos pronunciado de todo el archipiélago. Su peculiar fisonomía se debe a los distintos periodos eruptivos que ha experimentado: los materiales más antiguos forman los macizos montañosos situados en los extremos de la isla, Famara al norte y Los Ajaches al sur, mientras que los episodios volcánicos más recientes corresponden a la erupción del volcán de La Corona, hace más de quince mil años, y al gran campo de lavas de Timanfaya, surgido entre 1730 y 1736. El resultado es un territorio bajo, árido y de plasticidad extraordinaria, cuya cumbre, las Peñas del Chache, apenas alcanza los 671 metros en el macizo de Famara.

El corazón simbólico de esa geografía es Timanfaya. Las erupciones de 1730-1736 sepultaron bajo lavas y cenizas pueblos y tierras de cultivo enteras y generaron un extenso malpaís que hoy protege el Parque Nacional de Timanfaya, con sus conos alineados conocidos como Montañas del Fuego. Este paisaje, de apariencia casi planetaria, fue incorporado a la experiencia del visitante con la creación de la ruta de los volcanes en 1968 y del restaurante El Diablo, obra de César Manrique situada en pleno corazón del parque, coincidiendo con la apertura del aeropuerto insular a los vuelos chárter internacionales.

El norte de la isla lo domina el macizo de Famara, el relieve más antiguo y escarpado de Lanzarote. Su risco cae de forma abrupta hacia el mar y en su parte alta se levanta desde 1973 el Mirador del Río, un enclave estratégico que antes perteneció al ejército y desde el que se contempla una de las visuales más relevantes de la isla: el Archipiélago Chinijo. A los pies del risco, la playa de Famara despliega toda su belleza con la marea baja, cuando una delgada capa de agua refleja el cielo y el acantilado, y es lugar de peregrinación habitual de deportistas náuticos. En el extremo opuesto, el macizo de Los Ajaches presenta una orografía más suave, y en su fachada marítima, en la zona virgen y protegida de la Punta del Papagayo, se esconden calas de arenas blancas y aguas cristalinas.

Entre ambos macizos se extiende El Jable, un llano singular situado en el centro de la isla que conforma una especie de corredor de arenas organógenas depositadas por el viento, desde Caleta de Famara, en el extremo noroccidental, hasta la vertiente oriental por el litoral de Tías. Lejos de ser un espacio estéril, el campesinado lanzaroteño aprendió a reutilizar esa franja arenosa para el uso agrario aplicando la técnica de los enarenados, y sobre el jable fueron frecuentes cultivos como la batata o la sandía.

La Geria es el más reconocido de los paisajes agrícolas insulares y una de las respuestas humanas más ingeniosas al volcán. Creada en las inmediaciones de Timanfaya, su origen se remonta a las últimas emanaciones lávicas, cuando el terreno fértil quedó cubierto por lapilli o picón. Al observar que con el tiempo la vegetación volvía a brotar, el campesino excavó hoyos hasta encontrar el sustrato vegetal, plantó en su interior viñas e higueras y protegió cada planta con un murete semicircular de piedra seca. El picón retiene la humedad ambiental, actúa como aislante frente a los cambios de temperatura y protege el suelo de las lluvias torrenciales; vistas sus ventajas, el sistema se extrapoló a otros emplazamientos carentes de picón, dando lugar a los conocidos enarenados.

Los factores ambientales de Lanzarote se caracterizan por su dureza: a una climatología semidesértica se suma un viento enérgico y constante, causante de la ausencia del estrato arbóreo, de modo que predominan especies de bajo porte como tabaibas, aulagas y matas, junto a la palmera canaria y los frutales plantados por el hombre. La falta de agua marcó históricamente la vida insular: la población dependía de las maretas y los aljibes que almacenaban el agua de lluvia, y las actas del cabildo recogen crisis como la de 1781, cuando la escasez de lluvias dejó poca agua en las maretas y encareció los exiguos productos alimenticios. Los aljibes eran bienes tan valiosos que aparecen comprados, vendidos y heredados en los protocolos notariales.

La costa lanzaroteña reúne algunos de los paisajes más celebrados del archipiélago. En El Golfo, el Charco de los Clicos forma un alucinante lago verde sobre un cráter volcánico abierto al mar; muy cerca hierven Los Hervideros, y en la laguna de Janubio se contemplan desde el mirador sus famosas salinas. Frente a Órzola, el Archipiélago Chinijo —compuesto por La Graciosa y otros islotes— constituye un parque natural de unos 700 kilómetros cuadrados que alberga la mayor reserva marina de Europa; La Graciosa, su única isla habitada, se alcanza en un trayecto de unos veinte minutos de ferry hasta Caleta del Sebo, donde las calles permanecen libres de asfalto.

La geografía humana completa el cuadro. La capital histórica fue la Real Villa de Teguise, pero en 1852 la capitalidad se desplazó a Arrecife, impulsada por la actividad comercial de su puerto, que convirtió a la ciudad en puerta de entrada y salida de habitantes, visitantes y mercancías. En las últimas décadas, la expansión turística se ha concentrado en la costa, con núcleos como Puerto del Carmen, en Tías, o Playa Blanca, en Yaiza, y con zonas especialmente tensionadas entre Arrecife y Tías, el sur de Yaiza, el norte y sur de Teguise y el litoral meridional de Haría. Frente a ese crecimiento, el modelo de intervención sostenible impulsado por César Manrique desde 1966 fue determinante para que la UNESCO declarara Lanzarote Reserva de la Biosfera en 1993.

Claves de esta sección

Timanfaya y las Montañas del Fuego

Las erupciones de 1730-1736 sepultaron pueblos y cultivos bajo lavas y cenizas y crearon el malpaís que hoy protege el Parque Nacional de Timanfaya, con la ruta de los volcanes abierta en 1968.

Famara y Los Ajaches

Los macizos antiguos ocupan los extremos de la isla: Famara al norte, con las Peñas del Chache (671 m) y el risco coronado por el Mirador del Río, y Los Ajaches al sur, con las calas de Papagayo a sus pies.

El Jable

Un corredor de arenas organógenas depositadas por el viento cruza el centro de la isla desde Caleta de Famara hasta el litoral de Tías, y fue reutilizado para cultivos como la batata y la sandía.

La Geria y los enarenados

El campesino excavó hoyos en el picón hasta el sustrato fértil, plantó viñas e higueras y las protegió con muretes semicirculares; el sistema se extendió como enarenados a zonas sin picón.

La sed de la isla: maretas y aljibes

Con clima semidesértico, viento constante y lluvias escasas, la vida dependió de maretas y aljibes de agua de lluvia; en 1781 su vaciado provocó carestía de alimentos.

Archipiélago Chinijo y Reserva de la Biosfera

Frente a Órzola, La Graciosa y los islotes forman un parque natural de unos 700 km² con la mayor reserva marina de Europa; toda Lanzarote fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993.

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Fuentes