Durante siglos, la sociedad lanzaroteña vivió al filo de la subsistencia. La agricultura y la ganadería tradicionales tenían muchas dificultades para desarrollarse en un medio de sequías recurrentes, pero la gente era muy laboriosa: labraba la tierra a pesar de la aridez y, con grandes esfuerzos, conseguía algo de cosecha para el sustento diario. El ganado menor —cabras, ovejas y cochinos—, junto a los burros y los camellos, constituía las principales especies domésticas presentes en los pueblos, y la actividad pesquera y el marisqueo fueron también un sector de ocupación importante para la población. Las crisis se alternaban con años más productivos y de buenas cosechas, en un ciclo que marcó la mentalidad insular.

Sobre esa base de subsistencia se superpusieron sucesivos ciclos exportadores. El primero fue el de la orchilla, el liquen tintóreo cuyo comercio quedó bajo monopolio señorial: los señores de la isla controlaron la actividad exportadora, percibiendo además el quinto de toda carga. A finales del siglo XVIII llegó el auge de la barrilla, planta de cuyas cenizas se obtenía sosa para las industrias europeas: los protocolos notariales documentan embarques desde Lanzarote hacia Lisboa en 1798 e Inglaterra en 1810, y el incipiente comercio atrajo a los principales mercaderes, en abierta pugna con la oligarquía local que acaparaba el negocio. La depreciación de la barrilla en los mercados exteriores, hacia mediados del siglo XIX, no hizo más que extremar los males de una economía frágil.

El relevo llegó con la cochinilla, el insecto parásito de las tuneras del que se extraían tintes para la ropa y que se cultivó sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, junto a la actividad productiva de la sal y las salinas. La expansión de los cultivos de cereales y de la vid, con la esforzada labor del campesinado isleño empleando técnicas de adaptación al medio —cosechando sobre jable y sobre las zonas cubiertas por las cenizas—, resultó fundamental para la subsistencia y para la exportación a otras islas. A pesar del declive posterior de la industria del tinte, la isla aún conserva grandes superficies dedicadas a las tuneras, como en Guatiza.

El apogeo de la cochinilla impulsó además una transformación política y urbana decisiva: el auge del puerto pesquero y comercial de Arrecife propició el progreso de la ciudad, que en 1852 arrebató la capitalidad a la Real Villa de Teguise y se posicionó como puerta de entrada y salida de habitantes, visitantes y mercancías. Los signos de modernización se sucedieron: en 1884 se instaló el telégrafo mediante un cable, en 1886 se inauguró el hospital de Dolores en Arrecife y en 1897 se tendió la línea telefónica entre Arrecife y Haría, que en años sucesivos se amplió hasta conectar todos los pueblos del interior.

El mar sostuvo otra parte esencial de la economía. Las salinas surgieron de la necesidad de mantener el pescado fresco antes de que existieran los congeladores, y produjeron en Lanzarote una tipología arquitectónica propia de gran valía, como se aprecia en las salinas del Janubio; molinos, cocederos y conducciones de agua completaban ese patrimonio productivo, hoy en gran parte en desuso. La pesca alimentó a su vez una industria de conservas de pescado y de reparación de embarcaciones vinculada al puerto de Arrecife, cuyo dinamismo cimentó la prosperidad de la nueva capital.

Pero la historia social de Lanzarote está atravesada por las calamidades. Las actas del cabildo de Teguise registran plagas de langosta y cigarra, epidemias y años en que la escasez de lluvias dejaba sin agua las maretas y sin pan las ventas, encareciendo los exiguos alimentos. La crisis de 1877-1878 fue de tal calibre que los barcos llegaron cargados de agua, miles de personas emigraron —según recogió la viajera Olivia Stone, de pura hambre y sed— y hubo contribuciones económicas de otros pueblos de las islas, de la Península e incluso de América. La diáspora, sobre todo masculina aunque también de familias enteras, dejó a muchas casas sin hombres, y las mujeres tuvieron que sortear solas los problemas de subsistencia; el mal tiempo, las malas cosechas y el hambre llevaron una y otra vez a la población a emigrar hacia Gran Canaria y hacia América.

De aquella agricultura de adaptación sobrevive su fruto más celebrado: el vino. En La Geria, el campesino excavó hoyos en el picón hasta el sustrato fértil, plantó viñas protegidas por muros semicirculares de piedra seca y convirtió la ceniza volcánica en recurso productivo. La malvasía figura entre los productos más identitarios de la gastronomía lanzaroteña, y bodegas como El Grifo, La Geria, Rubicón, La Florida o Martinón mantienen viva una viticultura única, cuyo paisaje está protegido.

El gran giro contemporáneo llegó con el turismo. En 1968 el aeropuerto insular se abrió a los vuelos chárter internacionales, y César Manrique, que había regresado definitivamente a la isla en 1966, promovió un modelo de intervención en el territorio en claves de sostenibilidad: vinculó la creación de elementos atractivos para los visitantes con la conservación paisajística, materializada en los siete Centros de Arte, Cultura y Turismo del Cabildo —de la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua al Mirador del Río, el restaurante El Diablo en Timanfaya, la Casa-Museo del Campesino, el MIAC y el Jardín de Cactus—, e insistió, por temor a una especulación incontrolada, en crear normas que regularan el crecimiento urbanístico. Esa filosofía recibió el espaldarazo definitivo con la declaración de Lanzarote como Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993, un año después del fallecimiento del artista.

La sociedad actual, con unos 157.000 habitantes concentrados en buena medida en Arrecife y su entorno, vive de un sector servicios que recibe millones de turistas anuales y sitúa a Lanzarote entre las islas más visitadas de Canarias. Un estudio de capacidad de carga encargado por el Cabildo concluyó que la isla debe considerarse zona turística saturada, con las áreas más tensionadas entre Arrecife y Tías —cuyo enclave de Puerto del Carmen concentra casi 40.000 plazas—, el sur de Yaiza, el norte y sur de Teguise y la costa meridional de Haría. Los sectores primarios se han desdibujado hasta una mínima expresión, y las propuestas de futuro pasan por reactivar la agricultura, la ganadería y la pesca, potenciar conservas, vino y reparación naval, y apostar por energías limpias y un turismo de mayor calidad.

Claves de esta sección

Ciclos exportadores: orchilla y barrilla

Al monopolio señorial de la orchilla siguió el auge de la barrilla a finales del siglo XVIII, con embarques hacia Lisboa (1798) e Inglaterra (1810); su depreciación exterior hacia mediados del XIX agravó la crisis.

La cochinilla y el ascenso de Arrecife

El cultivo de la cochinilla en la segunda mitad del siglo XIX, junto a la sal y las salinas, impulsó el puerto de Arrecife, que en 1852 arrebató la capitalidad a la Real Villa de Teguise.

Sal, pesca y conservas

Las salinas nacieron para conservar el pescado antes de los congeladores —con Janubio como ejemplo mayor— y la pesca alimentó conservas y reparación naval en torno al puerto de Arrecife.

Hambrunas y emigración

Plagas, sequías y crisis como la de 1877-1878 —cuando los barcos llegaron cargados de agua— empujaron a miles de lanzaroteños a emigrar hacia Gran Canaria y América, dejando muchas casas sin hombres.

La Geria: vid y malvasía sobre ceniza

El cultivo en hoyos sobre picón, protegido por muros semicirculares, convirtió la ceniza volcánica en recurso productivo; la malvasía es el vino identitario de la isla.

El modelo Manrique y sus límites

Desde 1966, César Manrique ligó turismo y conservación con los siete Centros de Arte, Cultura y Turismo y pidió regular el crecimiento; la UNESCO declaró la isla Reserva de la Biosfera en 1993, hoy considerada zona turística saturada.

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Fuentes