Cuando los europeos llegaron a La Gomera, la isla estaba habitada por los antiguos gomeros y repartida en cuatro bandos o cantones: Mulagua, Agana, Ipalan —también escrito Hipalán— y Orone. Según la tradición recogida por los cronistas, esta división se produjo a la muerte del rey Amaluyge, cuando el territorio quedó fragmentado bajo cuatro capitanes: Aberbequeye en Mulagua, Alguabozegue en Agana, Halbagal en Ipalan y Masegue Conche en Orone. Los bandos mantenían continuas disensiones y diferencias entre sí, y la memoria de sus hombres valientes —Aguacoromos, Aguanahuche, Amanhuy o Gralhegueya— perduró en los cantares isleños. De Gralhegueya se contaba que, siendo un mariscador de gran cuerpo y fuerza, se abrazó a un marrajo en el fondo del mar para espantar a los demás tiburones y permitir que sus compañeros ganaran la orilla, hazaña que aún se recordaba en tiempos de los primeros historiadores.

Un rasgo de los gomeros llamó poderosamente la atención de los primeros cronistas europeos: al describir a los habitantes de la isla escribieron que «hablan con los labios como si no tuviesen lengua», y recogieron la leyenda de un gran príncipe que, por castigo, los habría desterrado a la isla tras hacerles cortar la lengua. Se referían al silbo, el lenguaje silbado que permitía comunicarse a gran distancia por encima de los profundos barrancos gomeros. A finales del siglo XIX, el antropólogo francés René Verneau comprobó asombrado cómo los isleños transmitían silbando su nombre, su nacionalidad, su profesión y el objeto de su viaje, hasta el punto de que a su llegada a cada pueblo ya lo esperaba una multitud de enfermos que conocía su condición de médico.

Los contactos con Europa fueron tempranos. Antes de la llegada de Jean de Béthencourt se contaba que un caballero llamado Fernando de Castro había desembarcado en el puerto de Ipalan y que, tras verse cercado en la fortaleza natural de Argodey, fue perdonado y agasajado por el rey Amaluyge, quien habría recibido después el bautismo con el nombre de don Fernando. Cuando Béthencourt llegó a la isla la encontró dividida en los cuatro bandos y la sometió con facilidad, favorecido por la predicación de un clérigo que había quedado allí años atrás. En las décadas siguientes La Gomera quedó integrada en el régimen señorial que Maciot de Béthencourt y, después, la casa de los Peraza y los Herrera ejercieron sobre las islas de señorío.

A la muerte de Diego García de Herrera en 1485, su hijo predilecto, Hernán Peraza el Joven, heredó por mejora las islas de La Gomera y El Hierro. Casado con doña Beatriz de Bobadilla, el joven señor exigía a sus vasallos crecidos tributos y pesadas alcabalas y creaba nuevas contribuciones, hasta provocar una grave sublevación. Cercado en la torre de San Sebastián, capital de la isla, pidió auxilio a su madre, doña Inés Peraza, señora de Lanzarote y Fuerteventura, quien escribió al gobernador de Gran Canaria, Pedro de Vera. Este acudió con carabelas y gente de armas, dispersó a los alzados, hizo justicia ejemplar en algunos de ellos y regresó a Gran Canaria llevándose consigo más de doscientos gomeros en 1488.

La paz duró poco. En noviembre de aquel mismo año, Hernán Peraza acudió al término de Guahedún para encontrarse con una hermosa gomera con la que mantenía amores. El anciano Pablo Hupalapu, a quien los gomeros reverenciaban como a un padre y que en vano había aconsejado al señor que tratase bien a sus vasallos, había concertado con los del bando de Mulagua prenderlo; pero el joven pastor Pedro Hautacuperche se adelantó, y cuando Peraza salía de la cueva disfrazado con una saya le arrojó un asta con un hierro de dos palmos que lo atravesó entre las corazas y el pescuezo. Los gomeros proclamaron desde los cerros que «ya el gánigo de Guahedún se quebró». Doña Beatriz de Bobadilla se encerró con sus hijos en la torre señorial de San Sebastián —la actual Torre del Conde—, donde resistió un largo cerco abastecida en secreto por los vecinos y por los gomeros del bando de Orone, hasta que Hautacuperche cayó muerto por un pasador de ballesta disparado desde una saetera.

La venganza fue terrible. Pedro de Vera volvió a la isla con unos cuatrocientos hombres y recurrió a un ardid: mandó pregonar las honras fúnebres de Hernán Peraza y declaró traidor a todo gomero que no acudiese a la iglesia. Los que se presentaron fueron apresados, y el gobernador condenó a muerte por traidores a los varones mayores de quince años de los bandos de Orone y Agana: muchos fueron arrastrados, ahorcados o ahogados en el mar, y numerosas mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. Las crónicas subrayan que los matadores habían sido pocos y los que lo pagaron fueron muchos, y la crueldad del castigo provocó la protesta del obispo Miguel de la Serna, que elevó sus quejas hasta los Reyes Católicos.

Apenas cuatro años después, La Gomera entró en la historia universal. En su primer viaje, Cristóbal Colón llegó al puerto de San Sebastián el 12 de agosto de 1492; allí se proveyó de agua, leña y carnes, reemplazó los víveres y reforzó la tripulación con gentes del país, y a comienzos de septiembre se hizo a la mar hacia lo desconocido. Gobernaba entonces la isla la viuda doña Beatriz de Bobadilla, de quien se cuenta que recibió con cariño al Almirante. Colón volvió a hacer escala en La Gomera en su segundo viaje de 1493 y en el tercero de 1498, convirtiendo la isla en su aprovisionamiento habitual y en verdadera antesala del Nuevo Mundo. Viera y Clavijo recogió incluso la tradición del piloto Alonso Sánchez de Huelva, que habría muerto en casa de Colón, avecindado entonces en La Gomera, tras revelarle la existencia de tierras hacia el occidente.

La sociedad gomera posterior fue durante siglos campesina y marinera. La escasez y la parcelación de la tierra cultivable dispersaron a la población en pequeños pueblos encaramados en las laderas, junto a los bancales de las medianías, mientras los cuatro barrancos principales —San Sebastián, Hermigua, Vallehermoso y Valle Gran Rey— concentraban las aguas, los cultivos y a la mayor parte de los habitantes. A comienzos del siglo XX los monocultivos de exportación y tres pequeñas fábricas de conservas de pescado duplicaron la población, que en 1940 superaba los ochenta habitantes por kilómetro cuadrado en una isla con menos del diez por ciento de suelo útil para el cultivo; agotado ese modelo, la emigración actuó como válvula de escape, y entre 1871 y 1975 salieron de La Gomera, temporal o definitivamente, más de cuarenta mil personas —la mitad de los nacidos en la isla—, rumbo a Cuba, Venezuela o Tenerife. La pesca del atún y las salazones mantienen viva la tradición marinera en Valle Gran Rey y Playa Santiago, y el silbo, incorporado como enseñanza escolar obligatoria por la Orden de 5 de julio de 1999 y reconocido como bien cultural del patrimonio histórico de Canarias, sigue siendo la voz más reconocible de la isla.

Claves de esta sección

Los cuatro cantones gomeros

A la muerte del rey Amaluyge, la isla quedó dividida en los bandos de Mulagua, Agana, Ipalan y Orone, gobernados por los capitanes Aberbequeye, Alguabozegue, Halbagal y Masegue Conche.

El silbo gomero

Los primeros cronistas escribieron que los gomeros «hablan con los labios como si no tuviesen lengua»; el lenguaje silbado salvaba los barrancos y hoy es enseñanza escolar obligatoria desde la Orden de 1999.

El señorío de los Peraza

Hernán Peraza el Joven heredó La Gomera y El Hierro en 1485; sus tributos y arbitrariedades, junto a doña Beatriz de Bobadilla, provocaron la sublevación de sus vasallos en 1488.

La rebelión de 1488

Pedro Hautacuperche mató a Hernán Peraza en Guahedún; Beatriz de Bobadilla resistió cercada en la torre de San Sebastián —la Torre del Conde— hasta la llegada de Pedro de Vera.

La represión de Pedro de Vera

El gobernador de Gran Canaria condenó a muerte a los varones mayores de quince años de los bandos de Orone y Agana y vendió como esclavos a mujeres y niños, provocando la protesta del obispo Miguel de la Serna.

Antesala de América

Colón llegó a San Sebastián el 12 de agosto de 1492 y repitió escala en 1493 y 1498; siglos después, entre 1871 y 1975, más de cuarenta mil gomeros emigraron hacia Cuba, Venezuela o Tenerife.

Contenido relacionado

Fuentes