Tras la conquista, La Gomera quedó encuadrada entre las islas de señorío, gobernadas por unas pocas familias. Después de la rebelión de los gomeros de 1488, buena parte de la población siguió estando formada por descendientes de los aborígenes, cuyas labores de ganadería, recolección y agricultura se integraron en el nuevo sistema económico-jurisdiccional mediante la imposición de tributos y el trabajo a medianería. El régimen señorial dejó una huella duradera: incluso tras la disolución del señorío en el siglo XIX, unos pocos potentados —algunos foráneos— siguieron ocupando las mejores tierras y controlando el poder social, y el régimen de medianería llegó a exigir que quien cultivaba la tierra entregara dos terceras partes de la producción al dueño, una pervivencia de costumbres feudales mucho después de la abolición formal del señorío.
El primer intento de monocultivo de exportación fue la caña de azúcar, introducida a principios del siglo XVI. Los primeros ingenios azucareros se instalaron entre 1502, en Hermigua, Vallehermoso y Valle Gran Rey, y 1504, en Alojera, este último del italiano Blasino Inglesco da Piombino. El azúcar sirvió de lanzadera para la colonización de la isla y forzó la integración de los aborígenes, a la vez que atraía una variada población inmigrante: portugueses, sobre todo de Madeira, como mano de obra cualificada; familias nobles y terratenientes de Andalucía, Extremadura y Galicia; y moriscos convertidos expulsados de la Península. Los valles ricos en agua permitieron el asentamiento permanente de europeos y la llegada de trabajadores para las nuevas plantaciones.
A principios del siglo XX llegaron los grandes cultivos de exportación contemporáneos: el plátano se introdujo en Hermigua y Agulo, y el tomate en el sur de la isla. Se construyeron infraestructuras costeras para el embarque de mercancías en Vallehermoso y Hermigua y comenzó la lenta transformación del puerto de San Sebastián. Pero el poder económico y político quedó en manos de unas pocas familias: la escasa disponibilidad de suelo agrícola consolidó dos modelos de propiedad, un pequeño número de patronos de las tierras de riego y mejor rendimiento, explotadas para la exportación, frente a un numeroso grupo de minifundios de subsistencia. Hasta mediados del siglo XX la inmensa mayoría de la población fue rural, con muchísimos jornaleros sin tierra y trabajadores a medianería que constituían una reserva de mano de obra barata.
El mar fue el otro pilar. La historia gomera habla de un pasado ligado a la pesca y a la industria conservera, en el que la salazón y la salmuera eran técnicas muy utilizadas. Los únicos centros industriales de la isla fueron las tres factorías de conservas de pescado —entre ellas las de La Rajita y Vueltas—, propiedad de foráneos, levantadas a la orilla del mar y sin vías de comunicación hacia el interior salvo los empinados senderos que usaban los obreros para volver a casa los fines de semana. En la árida costa sur nacieron en el siglo XX pueblos nuevos ligados a la pesca, a la conservera y al tomate, como Playa Santiago. El atún, el chicharro y la caballa siguen siendo estrellas de la cocina insular, y hoy Valle Gran Rey y Playa Santiago mantienen el protagonismo pesquero, con la cofradía de Nuestra Señora del Carmen y una flota de veinticinco embarcaciones de pesca artesanal censadas en 2023.
El desequilibrio en el reparto de la tierra y la riqueza fue la causa principal de una emigración constante, agravada por las crisis de los cultivos de exportación. Entre 1871 y 1975 salieron de La Gomera, temporal o permanentemente, más de cuarenta mil personas: la mitad de los nacidos en la isla. En la segunda mitad del siglo XIX los emigrantes se dirigían a Cuba y Tenerife; entre 1900 y 1940 la población se duplicó al calor de la exportación, pero en 1940 la isla había tocado el techo de su estructura económica, con más de 80 habitantes por kilómetro cuadrado en un territorio con menos del 10 % de espacio cultivable, apenas 1.000 hectáreas de regadío y tres pequeñas fábricas de conservas. Vino entonces el periodo de mayor despoblamiento, entre 1940 y 1970: se derrumbaron la agricultura, el comercio y la pesca, y muchos gomeros emigraron a Venezuela o a las islas centrales del archipiélago, abandonando sobre todo las zonas medias y altas.
De aquella economía campesina sobreviven productos que hoy son emblema insular. La miel de palma se elabora con el guarapo, el jugo que mana de la palmera canaria una vez curado el cogollo de la palma guarapera, un oficio con vocabulario propio y exclusivo de La Gomera; con miel de palma y parra se prepara además el gomerón, y la despensa isleña incluye el almogrote, la mistela y las galletas gomeras. La artesanía conserva la loza de barro de las alfareras de El Cercado y una cestería que aprovecha las ramas del monte, y los mercadillos de la Calle Real de San Sebastián y de Valle Gran Rey acercan estas producciones al visitante.
Desde 1970 el poblamiento rural, fragmentario pero extendido por todo el territorio, dio paso a la concentración de los habitantes en los núcleos con mejores expectativas económicas: Valle Gran Rey, Playa Santiago y la capital, San Sebastián. Las perspectivas turísticas empezaron a configurarse a finales de los años setenta: pronto se consolidó un turismo diario desde Tenerife, todavía muy consistente y en continuo crecimiento, mientras se impulsaba un turismo rural y naturalista más acorde con los valores del paisaje. Hoy más de ochocientas mil personas visitan cada año el Parque Nacional de Garajonay, la relación entre turistas y residentes es de casi uno a dos, los residentes extranjeros rondan el 13 % y la población insular se sitúa en torno a los 22.000 habitantes, servida por una red de senderos que ha convertido la isla en un paraíso del senderismo.
La sociedad gomera ha hecho además de su bien cultural más singular un patrimonio vivo. El silbo gomero, el lenguaje silbado que reproduce el habla local, entró en las aulas en el curso 1993-1994 y su enseñanza se convirtió en obligatoria en el curso 1999-2000, con la Orden 1546 de 5 de julio de 1999; la Ley 4/1999 lo amparó como parte del patrimonio histórico de Canarias. El Gobierno autonómico presentó oficialmente su candidatura ante la UNESCO el 23 de septiembre de 2006 y el silbo fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009. Las exhibiciones de silbo que hoy presencian los visitantes resumen el recorrido de la isla: una cultura nacida de la necesidad campesina convertida en seña de identidad y en recurso de futuro.
Claves de esta sección
Señorío y medianería
Tras la rebelión de 1488, tributos y trabajo a medianería integraron a los gomeros en la economía señorial; incluso disuelto el señorío en el siglo XIX, unas pocas familias siguieron ocupando las mejores tierras y exigiendo hasta dos tercios de la cosecha.
Del azúcar al plátano y al tomate
Los primeros ingenios azucareros se instalaron entre 1502 (Hermigua, Vallehermoso, Valle Gran Rey) y 1504 (Alojera); a principios del siglo XX llegaron el plátano a Hermigua y Agulo y el tomate al sur.
Atún y factorías conserveras
Las tres factorías de conservas de pescado, como las de La Rajita y Vueltas, fueron los únicos centros industriales; hoy Valle Gran Rey y Playa Santiago mantienen una flota artesanal de 25 barcos censados en 2023.
Emigración y despoblamiento
Entre 1871 y 1975 emigraron más de 40.000 gomeros —la mitad de los nacidos en la isla—, primero hacia Cuba y Tenerife y luego hacia Venezuela, con el mayor despoblamiento entre 1940 y 1970.
Miel de palma y artesanía
El guarapo de la palmera canaria da la miel de palma y el gomerón; la loza de las alfareras de El Cercado y la cestería completan un patrimonio artesano con vocabulario propio y exclusivo de la isla.
Turismo de naturaleza y silbo patrimonio
Más de 800.000 personas visitan Garajonay al año y el senderismo sostiene el turismo actual; el silbo, de enseñanza escolar obligatoria desde 1999, fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009.
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Fuentes
- Arianna Ancarani — El silbo gomero. Medio de comunicación (2008)Ver ficha bibliográfica
- Grecy Pérez Amores; Raquel de la Cruz Modino; José Jaime Pascual Fernández; Agustín Santana Talavera; José Antonio Batista Medina; Héctor Moreno Mendoza (eds.) — Entre olas. Recetas tradicionales de La Gomera, El Hierro y Tenerife (2023), pp. 202 p. PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio CulturalVer ficha bibliográfica
- Guía de CanariasVer ficha bibliográfica
- Encarnación Tabares Plasencia — Vocabulario tradicional de La Gomera I (2006) Dialnet (Universidad de La Rioja)Ver ficha bibliográfica