Ilustración editorial con manuscritos, una lupa y una escena de transmisión oral junto al mar. Los signos del dibujo no son una escritura indígena documentada.
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En resumen

Wölfel examinó la fiabilidad de los testimonios escritos y Trapero contrastó esos documentos con la tradición oral y la toponimia. Juntas, las dos lecturas precisan qué puede estudiarse de las lenguas indígenas canarias y qué queda fuera de alcance.

El problema de reconstruir las lenguas indígenas

Las lenguas indígenas de Canarias dejaron de funcionar como sistemas de comunicación cotidianos. Maximiano Trapero estima que esa pérdida pudo producirse, a lo más, en dos o tres generaciones después de la conquista de cada isla. Es una estimación suya, no una cronología demostrada isla por isla. De aquel uso quedó, incluso en la documentación escrita, un conjunto de elementos léxicos sueltos, y solo en contadas ocasiones una secuencia mayor que una palabra (p. 20).[1]

Dominik Josef Wölfel describe el otro lado del mismo problema. El material lingüístico llegó por vías muy distintas y de valor desigual, y casi nada puede aceptarse de inmediato y sin crítica (p. 11).[2] La pregunta de este artículo es cómo estudiar ese patrimonio cuando los testimonios escritos son incompletos y las formas transmitidas de boca en boca han cambiado durante siglos.

Wölfel publicó Monumenta linguae canariae en Graz en 1965. Trapero reunió en 2007 Estudios sobre el guanche y situó aquella obra como el hito que separa los estudios anteriores de los posteriores: para él marca el antes y el después en la investigación de una lengua que considera ya perdida (p. 29).[1] No hubo un diálogo entre los dos investigadores. Trapero escribe después de la muerte de Wölfel y comenta su libro. La comparación que sigue es una lectura historiográfica de Canarias Historia. Separa lo que afirma cada autor de las conclusiones que resultan de leerlos juntos.

Wölfel y la crítica de las fuentes escritas

En el primer capítulo de Monumenta, Wölfel explica que hasta entonces faltaban una recopilación sistemática de todo el material accesible y una crítica de las fuentes. Cuenta que sus propias citas del vocabulario transmitido por Torriani se habían leído como simples variantes, cuando eran un primer intento de crítica documental (p. 11).[2]

Los documentos de la exploración y la conquista ya transmiten ese material de forma escasa y alterada. Suelen conservar nombres de lugar y de persona, no una descripción de la lengua. Muchas veces no queda el original, sino copias de registro hechas con prisas por escribanos mal pagados. Las palabras indígenas, escribe, a menudo pasaron por tres plumas antes de llegar hasta nosotros. Señala una excepción: las actas de concesión de tierras, que considera la fuente más valiosa para estudiar los sonidos (p. 11).[2]

Los relatos de testigos plantean otra dificultad. Wölfel llama informes a las noticias de quienes vieron los hechos o, más importante para la lengua, los oyeron. De esos textos rara vez queda el original. Lo habitual son copias hechas cien años o más después, o redacciones muy modificadas por historiadores posteriores. Los copistas conocían a menudo más de un modelo e insertaban pasajes de otra fuente (p. 11).[2]

Tampoco hubo, según lo que él pudo comprobar, una gramática o un diccionario de las lenguas indígenas canarias. Lo contrasta con las gramáticas y los vocabularios que los misioneros españoles compusieron en América, y lo relaciona con la rápida asimilación lingüística y cultural de la población indígena (pp. 12-13).[2]

La cadena se alarga con los compiladores, los autores que reunieron listas de palabras. En el siglo XIX, escribe Wölfel, muchos quisieron superar al predecesor con unos cientos de voces más, aunque el aumento procediera de errores de copia. Los primeros no indicaban la fuente. Berthelot fue el primero en citarlas, pero con numerosas atribuciones equivocadas. Chil y Naranjo las reprodujo, con las erratas antiguas y otras nuevas. Una investigación apoyada en una compilación sin crítica queda, concluye, en terreno inestable. Aun así reconoce que John Abercromby obtuvo resultados valiosos en esas condiciones (p. 13).[2]

Wölfel no se detiene en el papel. Distingue los topónimos de las fuentes históricas y los que seguían en uso, tomados de la pronunciación viva. Cuando un nombre aparece en los dos registros, las dos formas pueden criticarse mutuamente. Advierte también que la mayoría de los topónimos citados por los compiladores no salió de una encuesta en las islas, sino de dos manuales geográficos que no se escribieron para transmitir lengua indígena. Las islas, añade, están llenas de nombres de ese origen, pasados de boca en boca, y atender a la pronunciación local ofrecería una base para estudiar los sonidos. Sin ese trabajo se siguen arrastrando las erratas de los manuales. Los mapas tampoco bastan: hay que contar con errores de oído y de lectura, y con la tendencia a reconocer palabras conocidas dentro de nombres desconocidos (pp. 13-14).[2]

Trapero, la tradición oral y la toponimia

Trapero limita su investigación al léxico que ha pervivido. Declara dos principios: la oralidad como fuente primaria de documentación y la toponimia como campo que necesita revisión (p. 20).[1] Frente a los estudios hechos casi solo sobre crónicas y documentos de la conquista y la colonización, sostiene que la tradición oral es una fuente más completa. Al mismo tiempo niega que esa oralidad sea auténticamente guanche: los elementos se han castellanizado y hay que estudiarlos desde esa adaptación. La escritura, añade, tampoco escapó a la castellanización, y además convierte una secuencia sonora en una grafía (p. 21).[1]

En esas páginas reproduce un lamento que atribuye al cronista Gómez Escudero: los españoles discutían el nombre de las cosas y despreciaban los vocablos indígenas; cuando después se intentó rastrear las costumbres, ya no había quien diera razón (p. 21).[1] Trapero lo usa para explicar la pobreza de la recogida escrita. No es, por sí solo, una descripción del método de cada crónica.

Trapero defiende además una preferencia. Considera más fiel a la identidad lingüística lo que se transmite de viva voz que lo fijado por escrito. Esa preferencia no convierte la forma oral actual en la pronunciación prehispánica. El propio Trapero pide tratar las formas orales como elementos ya adaptados al español (p. 21).[1] El desarrollo de esta propuesta, el trabajo de Juan Bethencourt Alfonso y el ejemplo de Guarazoca, comentado por Eladio Santana Martel en el prólogo, están en el artículo sobre la oralidad como fuente para el estudio del guanche.

Dos perspectivas complementarias

Leídos juntos, los dos libros no forman una polémica ni un diálogo que no existió. Trapero toma Monumenta como punto de referencia y, en la misma introducción, remite a la denuncia de Wölfel sobre las copias de escribanos descuidados (pp. 21 y 29).[1] Lo que cambia de un libro al otro es la prioridad documental.

Wölfel muestra que la antigüedad de un escrito no garantiza su fidelidad: la copia, la redacción tardía y la compilación introducen errores (pp. 11-13).[2] Trapero muestra que la continuidad oral tampoco conserva por sí sola la forma antigua: la castellanización transforma lo que se sigue diciendo (p. 21).[1] La lectura de Canarias Historia es que las dos reservas se necesitan. Un topónimo vivo puede servir para revisar una grafía dudosa, y un documento puede impedir que una pronunciación reciente se tome por la original.

Esa lectura se apoya en una indicación del propio Wölfel. En 1965 ya pedía recoger la pronunciación local de los topónimos y contrastarla con las formas históricas: cuando el nombre pervive, las dos vías permiten una crítica mutua (pp. 13-14).[2] Décadas después, Trapero organiza su investigación en torno a la oralidad y a la revisión de la toponimia (p. 20).[1] No es un encargo de Wölfel a Trapero. Es la relación que aparece al comparar las dos obras.

Tradiciones lingüísticas de cada isla

Ninguno de los dos libros autoriza a tratar las lenguas indígenas de Canarias como una sola lengua homogénea. Wölfel da por seguro que cada isla tuvo su propio dialecto, porque las islas permanecieron mucho tiempo aisladas entre sí. Niega, en cambio, que esos dialectos fueran por completo distintos: el material comparte palabras, topónimos y procedimientos para formar palabras en todo el archipiélago. Las diferencias le parecen, aun así, lo bastante grandes como para explicar que hiciera falta un intérprete al pasar de una isla a otra (pp. 134-135).[2]

Trapero emplea «guanche» para la lengua de los antiguos canarios y advierte, en nota, que con ese nombre no decide si era una lengua o varias (p. 29).[1] Después reúne el desacuerdo de las crónicas. Unos textos atribuyen un lenguaje distinto a cada isla. Otros callan esa cuestión o relatan el uso de intérpretes entre islas. Recoge también la posición intermedia de Viera y Clavijo, que hablaba de dialectos de una lengua matriz (pp. 41-42).[1] El repaso deja la cuestión abierta. Impide convertir en punto de partida tanto la unidad total como la diversidad absoluta.

Los límites de la reconstrucción

Cruzar estas fuentes mejora las hipótesis y no restituye las lenguas. Wölfel advierte que muchas noticias pasan de un autor a otro hasta desfigurarse, de modo que repetirlas no las confirma. Presenta la reconstrucción de ese material como un intento, reservado a la parte final de su obra, y recuerda que identificar topónimos sin conocer su significado sigue siendo dudoso (pp. 14 y 131).[2] Trapero parte de un límite más estricto: la lengua, escribe, está irremisiblemente perdida y solo perviven elementos del léxico (pp. 20 y 29).[1]

La conclusión metodológica es de Canarias Historia, no una tesis firmada por los dos autores. Combinar la crítica documental de Wölfel con el contraste oral y toponímico de Trapero permite depurar mejor cada forma. No autoriza a presentar una gramática, una fonología completa ni el diccionario de las lenguas indígenas tal como se hablaron.

Conservar, contrastar e interpretar

El patrimonio lingüístico indígena de Canarias se estudia con lo que se escribió y con lo que el habla de las islas todavía conserva. Las dos vías piden procedencia, comparación y un límite explícito. Monumenta linguae canariae enseña a no fiarse de una lista por el solo hecho de ser antigua. Estudios sobre el guanche enseña a escuchar la tradición oral sin confundirla con la lengua desaparecida. Leídos juntos, delimitan un trabajo posible: conservar los testimonios, contrastarlos y decir con claridad qué parte de la reconstrucción permanece fuera de alcance.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es difícil reconstruir las lenguas indígenas de Canarias?

Porque dejaron de usarse como lenguas cotidianas y los restos son sobre todo palabras sueltas. Wölfel muestra que casi ningún testimonio escrito puede aceptarse sin crítica, y Trapero recuerda que las formas orales también se han transformado.

¿Qué aportó Dominik Josef Wölfel?

En Monumenta linguae canariae (1965) distinguió documentos, copias, relatos e informes de compiladores, y explicó cómo los errores de transcripción y las listas sin fuente vuelven inestable el material lingüístico.

¿Qué aportó Maximiano Trapero?

En Estudios sobre el guanche (2007) propuso tomar la tradición oral como documentación primaria y revisar la toponimia, sin tratar las formas actuales como pronunciación prehispánica intacta.

¿Eran una sola lengua las lenguas indígenas canarias?

Wölfel acepta un dialecto propio en cada isla y, a la vez, palabras, topónimos y modos de formar palabras compartidos. Trapero usa «guanche» sin decidir si fue una lengua o varias. Las crónicas tampoco cierran la cuestión.

¿Combinar las dos obras permite reconstruir esas lenguas por completo?

No. Contrastar fuentes escritas y formas orales mejora las hipótesis sobre piezas concretas. No restituye una gramática ni el uso cotidiano desaparecido.

Fuentes