La oralidad como fuente esencial para el estudio del guanche
El estudio de la lengua guanche, hablada por los primeros habitantes de las Islas Canarias, se ha visto históricamente limitado por la escasez y fragmentariedad de las fuentes escritas. Los cronistas e historiadores de los siglos XV y XVI, como Alonso de Espinosa o Abreu Galindo, recogieron apenas palabras sueltas y listas incompletas, muchas veces copiadas entre sí y con escaso rigor filológico. Además, la transmisión escrita estuvo marcada por la variabilidad gráfica y la falta de criterios ortográficos fijos, lo que ha dificultado la interpretación de los pocos testimonios conservados[1].
Sin embargo, Maximiano Trapero subraya en su obra la importancia de la tradición oral como fuente primaria y viva para el estudio del guanche. Frente al “respeto supersticioso” por la letra impresa y antigua, Trapero propone dar prioridad a la oralidad, pues es en el habla popular donde han pervivido, de forma natural, palabras, topónimos y expresiones de origen guanche. La oralidad, a diferencia de la escritura, transmite los elementos lingüísticos de generación en generación, adaptándose pero conservando una fidelidad mayor a la identidad lingüística original[1].
Esta perspectiva se apoya en la observación de que muchas palabras guanches recogidas en documentos antiguos han llegado hasta nuestros días a través del habla común, especialmente en la toponimia y en el vocabulario relacionado con la naturaleza y las actividades tradicionales. Trapero destaca que la oralidad no debe considerarse menos auténtica que la escritura, ya que ambas han sufrido procesos de “españolización” y adaptación. De hecho, la transmisión oral ha permitido la supervivencia de términos que, de otro modo, se habrían perdido por completo.
El autor ejemplifica esta idea con casos concretos, como el topónimo “Guarazoca” (El Hierro), cuya forma escrita varía en los documentos, pero cuya pronunciación actual, “Guarasoca”, refleja la continuidad oral. Así, Trapero defiende que, ante la duda entre variantes gráficas, debe prevalecer la forma que vive en la tradición oral local[1].
En conclusión, la oralidad no solo complementa las fuentes escritas, sino que en muchos casos las supera en valor para el estudio de la lengua guanche. Escuchar y recoger el habla viva de las islas es fundamental para reconstruir, aunque sea parcialmente, el léxico y la identidad lingüística de los antiguos canarios. Como resume el propio Trapero, “verba manent”: las palabras habladas permanecen, y son la clave para iluminar el pasado lingüístico de Canarias.
