La oralidad como fuente para el estudio del guanche
El estudio de la lengua guanche, denominación que Maximiano Trapero utiliza para la lengua de los antiguos canarios, se apoya en testimonios escritos y en elementos conservados por tradición oral. En la introducción de Estudios sobre el guanche (2007), el autor centra su investigación en el léxico que ha pervivido y propone dos principios: la oralidad como fuente primaria de documentación y la revisión de la toponimia (pp. 19–20).[1]
Una lengua perdida y un léxico conservado
Trapero señala que los testimonios escritos transmiten principalmente elementos léxicos aislados y solo en contadas ocasiones secuencias mayores que una palabra. Plantea que la lengua pudo perderse en dos o tres generaciones después de la conquista de cada isla: debe leerse como una estimación del autor, no como una cronología demostrada de su desaparición (p. 20).[1]
La pervivencia de palabras y topónimos no equivale a la continuidad de la lengua como sistema de comunicación. El propio Trapero advierte que los elementos transmitidos oralmente han sido adaptados al español y deben estudiarse desde esa perspectiva. También los testimonios escritos pasaron por esa adaptación (p. 21).[1]
Transmisión, escritura y trabajo de campo
Según Trapero, los estudios del guanche han dependido en gran medida de las fuentes historiográficas de la conquista y la colonización. Critica la repetición de repertorios anteriores sin comprobación suficiente y reclama atender al habla viva mediante trabajo de campo. Su preferencia por la oralidad es una posición metodológica: la escritura añade a la adaptación entre lenguas la representación gráfica de una secuencia sonora (pp. 20–21).[1]
El prólogo de Eladio Santana Martel explica otro problema: las grafías antiguas se fijaron con criterios variables y no pueden leerse automáticamente con los valores sonoros actuales. Es Santana Martel quien ilustra la propuesta de Trapero con Guarazoca, en El Hierro, y la forma oral Guarasoca. La compara con las variantes escritas para defender la atención a la pronunciación local cuando la grafía resulta dudosa; no demuestra con ello que se haya conservado intacta la pronunciación prehispánica (pp. 17–18).[1]
Juan Bethencourt Alfonso y la tradición oral
Trapero reconoce que la oralidad no estuvo completamente ausente de las investigaciones anteriores. Destaca a Juan Bethencourt Alfonso, que recogió materiales de la tradición oral durante el último tercio del siglo XIX, principalmente en el sureste de Tenerife. Se trata de testimonios sobre elementos conservados, no de entrevistas con hablantes de una lengua guanche todavía viva (pp. 21–22).[1]
Qué permite conocer esta fuente
Escuchar y documentar el habla de las islas permite estudiar el léxico y la toponimia conservados que interesan a Trapero. Su propuesta exige tomar en serio la tradición oral y revisar críticamente las escrituras, manteniendo la distinción entre los elementos incorporados al español y la lengua antigua de la que proceden (pp. 19–22).[1]
