La toponimia de las Islas Canarias no solo cumple una función descriptiva o utilitaria, sino que también refleja las emociones y percepciones colectivas de sus habitantes. Según Afonso, Leoncio, la relación afectiva con el espacio se manifiesta en los nombres de lugares, agrupados en categorías como topofilia y topofobia[1].
La topofilia, definida por Afonso como el lazo emotivo que une al ser humano con su entorno, se evidencia en topónimos que transmiten sensaciones placenteras o agradables. Ejemplos destacados son La Graciosa, Alegranza, Vista Alegre, La Alegría o Vallehermoso. Estos nombres, según el autor, son muestra de una “topofilia acusada” y pueden también hacer referencia a la buena calidad del suelo agrario o a cualidades apreciadas del lugar[1].
Afonso señala que el sentimiento de pertenencia territorial es tan fuerte que cualquier referencia peyorativa al espacio natal puede ser recibida como un insulto. Este sentimiento, denominado “lealtad apasionada”, es frecuentemente explotado en política mediante el halago del orgullo territorial. Es difícil encontrar a alguien que rechace o se avergüence de su lugar de nacimiento, ya que la referencia sentimental es muy marcada[1].
Por otro lado, la topofobia se refiere a la aversión o rechazo hacia ciertos lugares, lo cual también queda reflejado en la toponimia canaria. Según la fuente, estos nombres suelen estar ligados a leyendas, historias de brujas, infierno, ánimas, diablo, o a la dificultad del terreno, como Malpaso o El Reventón. Algunos topónimos recuerdan accidentes o siniestros, como Topo del Fuego, o accidentes de personas, señalados por cruces a lo largo de los caminos, como La Curva de Pablo[1].
El autor destaca que, aunque la mayoría de los topónimos pueden parecer neutros u objetivos, existe una abundancia significativa de aquellos que expresan emociones positivas o negativas. La complejidad del espacio insular, con su relieve abrupto y su historia, favorece la aparición de nombres que evocan tanto el apego como el recelo hacia determinados lugares[1].
Afonso también menciona la existencia de la topolatría, es decir, la sacralización del espacio a través de la toponimia religiosa, y la toponegligencia, que describe la pérdida de sentido del lugar en la actualidad debido a la crisis de desarraigo y a los cambios socioeconómicos. Sin embargo, la topofilia y la topofobia siguen siendo categorías fundamentales para comprender cómo los canarios han conceptualizado y vivido su territorio a lo largo del tiempo[1].
En conclusión, la toponimia canaria, según Afonso, Leoncio, es un reflejo vivo de la experiencia sensorial y emocional de sus habitantes, donde la topofilia y la topofobia permiten rastrear las huellas del afecto y el rechazo en el paisaje insular[1].
