El debate sobre el arcaísmo en el español de Canarias
A lo largo de la historia, el español hablado en Canarias ha sido descrito en ocasiones como arcaizante, e incluso se ha afirmado que, por su carácter periférico, la lengua se habría estancado sin evolucionar. Sin embargo, según Manuel Alvar en su “Atlas lingüístico y etnográfico de las islas Canarias: cuestionario” (1964), esta hipótesis es falaz y no se sostiene ante un análisis riguroso de la realidad lingüística del archipiélago[1].
Alvar señala que la escuela lingüística italiana, a través de los trabajos de G. Bertoni y M. G. Bartoli, estableció que las regiones marginales tienden a ser más arcaizantes que las centrales, pero matiza que esta norma no puede aplicarse sin más al caso canario. La razón principal es que Canarias, como región de conquista, no puede equipararse a los territorios patrimoniales de la Península. En Canarias, las estructuras lingüísticas tradicionales fueron sustituidas por las de los conquistadores y repobladores, principalmente andaluces[1].
De hecho, Alvar subraya que “de Andalucía salieron las principales expediciones para la conquista y colonización de Canarias” y que Alfonso Fernández de Lugo, primer adelantado de Tenerife, era andaluz y trajo consigo a gentes de Sevilla y Sanlúcar. Además, existen documentos que prueban la participación de gaditanos en la ocupación de Gran Canaria[1].
Por tanto, el español de Canarias no es un dialecto aislado ni un fósil lingüístico, sino una variedad regional dentro del gran complejo de las hablas hispánicas meridionales, con fuertes vínculos con Andalucía y con el español atlántico. Alvar insiste en que la situación de Canarias no puede calificarse de periférica, pues desde el primer viaje de Colón las islas se convirtieron en un eslabón central entre la Península y América, y su lengua refleja esta posición de contacto y tránsito[1].
Respecto a los llamados arcaísmos, Alvar argumenta que muchos de los términos considerados como tales en Canarias (por ejemplo, “aguisiar”, “antie1”, “cadenado”, “gago”, “barruntar”, “mercar”, “mesmo”) son en realidad regionalismos, vulgarismos o dialectismos presentes en otras zonas del mundo hispánico. No son ni más ni distintos que los de cualquier otra región española, y su presencia no implica necesariamente un estancamiento lingüístico[1].
En conclusión, según Alvar, el español de Canarias debe entenderse como una manifestación viva y dinámica, resultado de procesos históricos concretos y de la interacción con otras variedades del español, especialmente la andaluza. La visión de un español canario arcaico y estático no se corresponde con la realidad lingüística documentada en el archipiélago[1].
