Cómo se empezó a estudiar el español de Canarias: del vocabulario popular a la investigación lingüística - Lengua
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Cómo se empezó a estudiar el español de Canarias

El artículo anterior sobre el contacto portugués en el español de Canarias explica una de las grandes huellas históricas del habla isleña. Este texto se fija en otra cuestión: cómo se fue construyendo el conocimiento sobre esa variedad lingüística. La historia de los estudios del español de Canarias empieza mucho antes de la dialectología moderna, en notas dispersas, diccionarios, repertorios de voces y colecciones de usos populares[1].

De las menciones dispersas al primer repertorio

Antes de que el habla canaria fuese objeto central de estudio, sus palabras aparecían como apuntes dentro de obras históricas, etnográficas o científicas. Carmen Díaz Alayón destaca, por ejemplo, el interés de José de Viera y Clavijo por registrar provincialismos, distribución geográfica de ciertas voces e hipótesis sobre su origen en su Diccionario de historia natural. Ese tipo de observaciones no constituía todavía una investigación lingüística autónoma, pero dejó materiales valiosos para entender cómo se percibía el vocabulario insular entre los siglos XVIII y XIX[1].

El salto inicial llega con Sebastián de Lugo, cuya Colección de voces y frases provinciales de Canarias fue redactada hacia 1846. Díaz Alayón la considera el primer repertorio léxico de las hablas del Archipiélago y uno de los testimonios tempranos del español dialectal. No era una obra extensa ni filológicamente ambiciosa, pero tenía un valor decisivo: convertía el vocabulario canario en objeto principal de descripción, no en simple nota marginal[1].

Repertorios con mirada propia

Durante el siglo XIX, otros autores ampliaron esa línea. José Agustín Álvarez Rixo preparó una obra de voces, frases y proverbios provinciales que diferenciaba aportes castellanos, portugueses, prehispánicos y berberiscos. También prestó atención a la geografía lingüística, señalando usos restringidos a islas concretas. Esa mirada insular era importante: no trataba el español de Canarias como un bloque uniforme, sino como un conjunto de hablas con distribuciones internas[1].

Elias Zerolo y Benito Pérez Galdós aportaron nuevos repertorios a finales del XIX y comienzos del XX. El primero defendía que el diccionario académico debía abrirse a voces usadas en regiones importantes del mundo hispánico; el segundo reunió centenares de artículos léxicos, aunque con definiciones a menudo escuetas o ausentes. En conjunto, estas obras muestran una preocupación creciente: registrar palabras antes de que desaparecieran y discutir su lugar dentro del español general[1].

Entre corrección, memoria y filología

No todos los repertorios nacieron con el mismo propósito. Juan Reyes Martín, por ejemplo, elaboró una obra orientada a corregir lo que consideraba barbarismos, solecismos o provincialismos del habla tinerfeña. Su punto de vista era normativo y a menudo receloso del vocabulario tradicional, pero los materiales que reunió siguen siendo útiles para conocer formas vivas del habla popular. En otro registro, Luis y Agustín Millares Cubas publicaron el Léxico de Gran Canaria en 1924, una colección concebida también como memoria de cómo hablaban generaciones anteriores[1].

La clasificación de los Millares Cubas resulta reveladora porque ordenaba las voces por procedencia: arcaísmos, deformaciones, palabras castellanas con sentido local, voces galaico-portuguesas, términos guanches, americanismos, vocabulario marinero y otros grupos. Aunque sus autores no se presentaban como filólogos, esa voluntad de ordenar los materiales anticipaba preguntas que después serían centrales: de dónde vienen las voces, cómo se distribuyen y qué capas históricas conserva el habla insular[1].

La etapa especializada

A partir de la década de 1940, los estudios del español de Canarias entraron en una fase más especializada. La investigación sobre prehispanismos avanzó con trabajos de Juan Álvarez Delgado, Gerhard Rohlfs, Dominik Josef Wölfel, Max Steffen y Manuel Alvar. Esa línea permitió diferenciar voces de distribución general, términos restringidos a una o dos islas y unidades con distintos grados de vitalidad. También obligó a revisar errores anteriores, porque algunas palabras que se habían tenido por prehispánicas resultaban ser de origen románico[1].

En paralelo, se intensificó el estudio de los occidentalismos y portuguesismos. Aquí aparecen investigadores como Juan Régulo, Max Steffen y José Pérez Vidal, atentos a sectores como la agricultura, la climatología, la fitonimia, la zoonimia o la terminología marinera. La diferencia con los repertorios antiguos no estaba solo en acumular más palabras, sino en analizarlas con criterios históricos, fonéticos, geográficos y comparativos[1].

Un archivo de la lengua viva

La trayectoria que resume Díaz Alayón muestra que el español de Canarias no se estudió de golpe ni desde una sola disciplina. Primero fue curiosidad erudita, después repertorio de voces, más tarde memoria popular y finalmente campo de investigación lingüística. Esa evolución explica por qué el vocabulario canario tiene tanto peso en la historia de los estudios insulares: las palabras fueron la primera puerta de entrada para reconocer una modalidad propia, cambiante y conectada con muchas capas de la historia atlántica[1].

Fuentes