La alfarería tradicional de Moya, en Gran Canaria, constituye un ejemplo significativo de la pervivencia de técnicas ancestrales en la elaboración de piezas de barro, transmitidas de generación en generación y adaptadas a las condiciones locales[1]. Según Romero Roque, Francisco, el proceso de fabricación de la loza en Moya mantiene características esenciales que la distinguen dentro del contexto canario: la construcción manual de las piezas, la ausencia de torno, el uso de herramientas rudimentarias y la simplicidad formal y decorativa de las vasijas[1].
El proceso comienza con la búsqueda y recogida de la materia prima. El barro, principal componente, se extrae de vetas próximas, como la zona de Tierras Blancas, utilizando herramientas sencillas como pico y sacho. La arena, empleada como desengrasante, se recolecta en barrancos cercanos, procurando que contenga la menor cantidad de impurezas posible. El almagre, una arcilla rica en óxido de hierro, se utiliza para decorar o impermeabilizar las piezas y se obtiene de vetas específicas, siendo molido y mezclado con agua hasta alcanzar la consistencia adecuada[1].
La preparación del barro implica su exposición al sol, machacado, cribado para eliminar piedras y raíces, y posterior remojo en agua durante 24 horas. Tras escurrir el agua, se mezcla con arena en proporción de tres partes de barro por una de arena, variando la granulometría según el uso de la pieza: arena fina para recipientes de líquidos y arena gruesa para piezas que estarán en contacto con el fuego[1]. La mezcla se pisa con los pies descalzos hasta formar una masa homogénea, que luego se divide en “pellas” y se conserva en trapos húmedos o recipientes cerrados[1].
La elaboración de la pieza comienza con el modelado de la base sobre una superficie dura, generalmente una laja de piedra o una plancha de madera. Se utiliza la técnica del “churro”, añadiendo cilindros de barro sobre la base y soldándolos manualmente para levantar las paredes de la vasija. Las manos son la herramienta principal, aunque se emplean piedras denominadas “saltona” y “raspona” para dar forma y reducir el grosor de las paredes, y astillas de caña o arcos de barrica para el desbastado exterior[1].
Una vez perfilada la pieza y añadidos los apéndices como asas o caños, se deja reposar para secar y fijar los complementos. Posteriormente, se realiza el bruñido con piedras lisas y se aplica el engobe. Las piezas se secan en un “secadero” fresco y sin corrientes durante dos a cuatro semanas antes de la cocción[1].
La cocción puede realizarse en hornos de tipología árabe, de dos cámaras, o mediante el método tradicional de “horno hoguera”, consistente en un hoyo en el suelo cubierto de leña. En ambos casos, la temperatura alcanza aproximadamente 700°C. Tras unas cinco o seis horas, las piezas se extraen cuidadosamente, y algunas pueden ser ahumadas con serrín o arena para obtener efectos decorativos únicos[1].
La alfarería tradicional de Moya, según la documentación recogida por Romero Roque, se caracteriza por la fidelidad a técnicas prehispánicas, la relevancia del trabajo manual y el uso de materiales locales, lo que confiere a cada pieza un carácter singular dentro del patrimonio cultural de Gran Canaria[1].
