La economía de La Palma se explica por dos recursos que otras islas del archipiélago no tuvieron en la misma medida: el agua y una posición atlántica privilegiada. Las lluvias abundantes de la fachada nordeste y los caudales que bajan por el barranco de las Angustias, la gran salida natural de la Caldera de Taburiente, permitieron desde muy pronto una agricultura de regadío intensiva en el Valle de Aridane, mientras que la orientación de la isla hacia la ruta americana convirtió su litoral oriental en escala natural de las flotas. De esa combinación nació una sociedad insular temprana, desigual y fuertemente jerarquizada, organizada en torno al reparto del agua y al comercio ultramarino, cuyos ciclos sucesivos —azúcar, vino, seda, tabaco y plátano— han ido dejando su huella en el paisaje agrario y en la estructura social de la isla.

El primer gran ciclo fue el del azúcar. En 1513 se estableció en la isla el caballero flamenco Jácome de Monteverde, socio de la firma alemana de los Welser en la primera agroindustria palmera, que llegó a ser dueño absoluto de la propiedad y el señorío de Tazacorte, con todas sus tierras y aguas desde la Caldera hasta el mar, y con el puerto de Tazacorte incluido. La hacienda de Abajo, Tazacorte, y la hacienda de Arriba, conocida después como ingenio de Argual, formaron un conjunto agroindustrial sin equivalente en la isla: casa fuerte e ingenio de moler azúcar constituían una misma unidad, y a ella se adosaban la casa de prensas y de calderas, las fornallas, la casa de purgar con sus andamios y la casa de refinar. El agua era la clave del negocio y también su mayor coste: en 1518 Monteverde declaró haber invertido 7.500.000 maravedís en las acequias que regaban sus cañas con las aguas del río de Tazacorte, y en 1523 estimó en cinco millones más la saca de aguas necesaria para regar los cañaverales de Los Llanos. A su hijo Juan de Monteverde, capitán general de La Palma, se debe la nueva acequia que hizo posible llevar el regadío a las tierras de Argual en 1557, cuando surgió el segundo centro azucarero entre Tazacorte y el lugar de Los Llanos.

Aquel sistema productivo generó una sociedad de contrastes extremos. Los heredamientos de Argual y Tazacorte funcionaron como una especie de señorío particular, un minúsculo estado habitado por los operarios y los esclavos de los dueños del azúcar, y su organización espacial tradujo en piedra la jerarquía social: la casa del patrono, el ingenio y las viviendas de esclavos y trabajadores, a las que se sumaba la capilla o ermita con plaza propia, distinguían nítidamente las gradaciones que iban del señor al esclavo. La horca, documentada en las dos plantaciones en las particiones de 1586, 1613 y 1619, simbolizaba la justicia que los hacendados impartían por su cuenta, y el gobernador se quejaba continuamente a la Corona de aquel segundo poder que, de hecho, existía en la isla. La gruesa del Heredamiento de Argual y Tazacorte pertenecía íntegramente a su creador, y esa apropiación temprana de unas aguas que eran realengas condicionó durante siglos el derecho de aguas palmero y el propio poblamiento del valle, que creció apiñado y de calles tortuosas para no restar terreno a los cañaverales.

Mientras el azúcar organizaba el interior del valle occidental, la costa oriental se organizaba en torno al puerto. Santa Cruz de La Palma, en una isla cuya costa es mayoritariamente acantilada y poco propicia a los fondeaderos, se consolidó como puerto atlántico de primer orden y escala en la ruta hacia América durante los siglos XVI y XVII, y de ese comercio de azúcares, vinos y esclavos salió su primera sociedad urbana, con mercaderes flamencos, genoveses y portugueses instalados junto a los conquistadores y sus herederos. La riqueza portuaria se ve todavía hoy en el centro histórico de la ciudad, un pasado colonial legible en sus palacios, sus casas renacentistas y su arquitectura tradicional, en la calle O'Daly y la avenida Marítima, en la iglesia de El Salvador y el convento de Santo Domingo, y en el castillo de Santa Catalina que defendía la rada. La estrecha relación de la isla con el mar, que sostuvo también una intensa actividad naval, se conserva simbólicamente en el Museo Naval Barco de la Virgen, un velero varado en pleno centro urbano por cuyas cubiertas se pasea el visitante.

Cuando el azúcar canario perdió terreno frente a la competencia americana, el vino ocupó su lugar como producción de exportación, y las viejas haciendas se llenaron de lagares y de instalaciones complementarias que convivían con hornos, molinos harineros y eras de pan trillar. La malvasía, el vino dulce que hizo célebres a las Canarias en los mercados del norte de Europa, se elaboró también en las medianías palmeras y sigue siendo, junto a los vinos de Fuencaliente, una seña de identidad agrícola de la isla. Junto a la viña prosperó otra actividad de raíz artesanal: la cría del gusano de seda y su tejido, para la que las haciendas construyeron casas de criar seda específicas. La sericicultura, hoy prácticamente desaparecida en el resto del archipiélago, sobrevive en La Palma como oficio vivo y tiene su memoria en el Museo de la Seda de El Paso, donde se explica el proceso completo, desde la cría de los gusanos hasta el tejido y el bordado de la fibra.

El siglo XIX y la primera mitad del XX estuvieron marcados por la emigración. El estancamiento de las agriculturas tradicionales y las crisis recurrentes empujaron a buena parte de los palmeros a emigrar a tierras americanas, y la isla llegó a tener una de las emigraciones más intensas del archipiélago, dirigida sobre todo a Cuba y, más tarde, a Venezuela. El vínculo cubano fue tan estrecho que dejó huella en el habla, en la música, en la arquitectura y en la vida cotidiana: quienes regresaban, los indianos, invirtieron sus capitales en tierras, comercios y casas señoriales, y trajeron consigo el gusto y el oficio del tabaco, que arraigó en la isla hasta convertir el puro palmero, elaborado a mano con hoja cultivada localmente, en uno de los productos más reconocibles de La Palma. Las remesas y los retornos alteraron la estructura de la propiedad y de la sociedad insular tanto como lo habían hecho antes los ingenios.

El ciclo más determinante del siglo XX fue el del plátano. Los nuevos cultivos de exportación transformaron por completo la demanda agraria y forestal de las islas, y en La Palma el plátano ocupó las zonas bajas de ambas vertientes mediante un enorme esfuerzo de transformación del suelo: las sorribas, terrazas construidas trasladando con bestias grandes cantidades de tierra fértil desde las medianías hacia la costa cálida, son el testimonio material de aquella rápida riqueza. La expansión del regadío exigió además perforaciones que mermaron los nacientes naturales de la isla, y el pinar de la Caldera fue conservado en buena parte gracias al interés de los propios regantes de la Heredad de Argual y Tazacorte en proteger el acuífero. El resultado fue un monocultivo de una intensidad poco común: hasta hace pocos años el ochenta por ciento del producto interior bruto insular procedía del plátano, que hoy ocupa unas 4.000 hectáreas repartidas a partes iguales entre las dos vertientes, acompañado de cultivos menores como los aguacateros y las viñas.

Las últimas décadas han añadido dos actividades nuevas y un episodio traumático. La instalación del observatorio astrofísico en el Roque de los Muchachos, favorecida por unos cielos limpios y protegidos que ofrecen condiciones inmejorables para la observación de las estrellas, ha convertido a La Palma en uno de los centros astronómicos más prestigiosos del mundo y ha generado empleo cualificado, cooperación científica internacional y un turismo de observación nocturna que se suma al senderismo por la Caldera de Taburiente y la laurisilva. El turismo, sin embargo, ha crecido de forma contenida: la planta alojativa, incluido el turismo rural, no supera con holgura las 8.000 plazas y se concentra en Los Cancajos, junto a la capital, y en Puerto Naos, el sector costero de Los Llanos de Aridane. Sobre esa economía se abrió el 19 de septiembre de 2021 la erupción de Cumbre Vieja, que durante 85 días, hasta el 13 de diciembre, sepultó viviendas, carreteras y plataneras del Valle de Aridane y obligó a una reconstrucción todavía en marcha. La población insular, estabilizada desde hace décadas en torno a los 80.000 habitantes, se reparte entre dos villas de unos veinte mil vecinos cada una, Santa Cruz de La Palma en la costa este y Los Llanos de Aridane en el valle occidental, las dos capitales económicas de una isla que sigue reinventando su modo de vivir del agua, del mar y del cielo.

Claves de esta sección

Los ingenios de Argual y Tazacorte

Desde 1513 el flamenco Jácome de Monteverde, socio de los Welser, reunió tierras, aguas y puerto de Tazacorte; la casa fuerte y el ingenio de moler azúcar formaban una sola unidad con prensas, calderas, fornallas y casa de purgar.

El agua como capital

En 1518 Monteverde declaró 7.500.000 maravedís invertidos en acequias, y en 1557 su hijo Juan llevó el regadío a Argual; la gruesa del Heredamiento de Argual y Tazacorte quedó íntegramente en manos de su creador.

Una sociedad de ingenio y esclavitud

Los heredamientos funcionaron como un minúsculo estado señorial de operarios y esclavos, con casa del patrono, ingenio, viviendas y ermita, y con horca documentada en las particiones de 1586, 1613 y 1619.

El puerto de Santa Cruz de La Palma

Escala atlántica en la ruta a América durante los siglos XVI y XVII, dio a la ciudad palacios, casas renacentistas, la calle O'Daly y el castillo de Santa Catalina, y una relación con el mar que evoca el Museo Naval Barco de la Virgen.

Vino, seda y emigración indiana

Tras el azúcar llegaron la malvasía y las casas de criar seda, oficio que pervive en el Museo de la Seda de El Paso; la emigración a Cuba y Venezuela devolvió capitales indianos y arraigó el puro palmero.

Del plátano al cielo estrellado

El plátano llegó a aportar el ochenta por ciento del PIB insular y ocupa unas 4.000 hectáreas; hoy conviven con él el observatorio del Roque de los Muchachos, un turismo contenido de unas 8.000 plazas y la reconstrucción tras la erupción de 2021.

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Fuentes