Hay artistas que pintan un lugar, y hay artistas que terminan inventando su imagen para siempre. Néstor Martín-Fernández de la Torre pertenece a la segunda categoría, aunque para llegar hasta ahí tuvo que dar antes una vuelta larguísima por medio mundo[1].
De Las Palmas a la vanguardia europea
Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1887, dentro de una familia numerosa, y desde muy joven mostró un talento que no encajaba con quedarse en la isla[1]. Su hermano Miguel, con quien mantuvo siempre una relación muy estrecha, acabaría convirtiéndose en uno de los arquitectos racionalistas más destacados de España[2][1]; los dos, años después, terminarían trabajando codo con codo. Antes de eso, Néstor recorrió Madrid, Londres, Bruselas y sobre todo Barcelona, donde se instaló en 1907 y frecuentó las tertulias modernistas del Café Pombo y el Café de Castilla, codeándose con la vanguardia artística del momento[1]. En 1920 trasladó su estudio a Madrid, y más tarde vivió también en París: un pintor simbolista y modernista, admirador de los prerrafaelitas, con una carrera que lo situaba entre la élite artística europea de su tiempo[1].
El giro del Tipismo
Y entonces, casi a los cincuenta años, dio un giro que sorprendió a todos. En 1934 regresó a Gran Canaria desde París y lanzó lo que él mismo llamó una campaña de “Tipismo”: un programa de revalorización, de exaltación de la región, de la canariedad, según sus propias palabras[1]. Le preocupaba profundamente el futuro del turismo en las islas y cómo se estaba explotando, y decidió que la mejor defensa era construir una imagen propia y orgullosa de lo canario antes de que otros la definieran por él[1].
El Pueblo Canario
De esa campaña nació su obra más ambiciosa: el Pueblo Canario. En 1937 dibujó los primeros bocetos, un conjunto arquitectónico pensado para reunir en un solo espacio la arquitectura tradicional de las islas y compartirla con quien las visitara[1]. Néstor lo diseñó con la intención de difundir la cultura canaria entre los visitantes, inspirándose en las construcciones tradicionales de las islas[1]. Trabajó también con Miguel en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas y en el Parador de Cruz de Tejeda, en las cumbres de Gran Canaria[1].
Nunca llegó a verlo terminado. Murió prematuramente en 1938[1]. Fue su hermano Miguel quien dirigió la construcción del Pueblo Canario a partir de 1939, respetando al máximo los bocetos originales de Néstor — como si terminar la obra del hermano fuera, también, una forma de duelo[1].
En 1956 se inauguró dentro de ese mismo complejo el Museo Néstor, diseñado por Néstor y Miguel, que reúne hoy la mayor parte de su producción[1]. El museo y el Pueblo Canario siguen ahí, en pleno Las Palmas, como si el proyecto nunca hubiera dejado de respirar.
Lo curioso es que buena parte de lo que hoy asociamos instintivamente con “lo canario” —esa estética blanca y verde, esos patios, esa arquitectura que parece llevar siglos ahí aunque en realidad tiene menos de cien años— nació en gran medida del ojo de un solo hombre. Un pintor que decidió, casi al final de su vida, que la mejor manera de proteger una identidad era dibujarla primero.
