La relación entre Sabino Berthelot y Philippe Barker-Webb constituye uno de los episodios más destacados en la historia de la investigación científica en las Islas Canarias durante el siglo XIX. Según Berthelot, su encuentro con Webb en 1827 fue decisivo para el desarrollo de sus estudios sobre la naturaleza del archipiélago[1].
Berthelot relata que, tras una década de exploraciones en Tenerife y Gran Canaria, carecía de recursos para continuar su trabajo. La llegada de Webb, naturalista inglés de formación en Oxford y poseedor de una gran fortuna, supuso un impulso fundamental. El propio Berthelot describe cómo coincidieron fortuitamente mientras ambos recolectaban plantas en un barranco de Tenerife. Desde ese momento, la afinidad de intereses y la amistad personal propiciaron una colaboración intensa[1].
Webb, según Berthelot, destacaba por su sólida formación científica y su dominio de varias lenguas clásicas y modernas. Había viajado extensamente por Europa, Asia Menor y el norte de África antes de llegar a Canarias. Su obra sobre la ubicación de Troya ya era conocida en círculos arqueológicos. Berthelot resalta la generosidad y modestia de Webb, así como su hospitalidad hacia los naturalistas en su residencia de París, donde falleció en 1859 durante una epidemia de cólera[1].
Ambos científicos realizaron numerosas expediciones por las islas, incluyendo ascensiones, exploraciones botánicas y viajes a otras islas del archipiélago. Berthelot recuerda especialmente su estancia en Arico, la ascensión a El Sombrerito y las visitas a casas de personalidades locales. También menciona viajes conjuntos por Andalucía, el norte de Italia, los Alpes y Suiza, así como la redacción de la “Historia Natural de las Islas Canarias” tras regresar a Francia e Inglaterra[1].
La correspondencia entre ambos, recogida en el epistolario de Berthelot, muestra la continuidad de su relación científica y personal a lo largo de los años. Berthelot destaca que, tras la muerte de Webb, su herbario y biblioteca fueron legados al Gran Duque de Toscana y depositados en el museo de Florencia, donde se inauguró un busto en su honor[1].
Según Berthelot, ninguna de las biografías publicadas sobre Webb le satisfizo plenamente, por lo que consideraba necesario rendirle homenaje a través de sus propios recuerdos y documentos. La colaboración entre ambos es presentada por Berthelot como un ejemplo de amistad y trabajo científico compartido, que dejó una huella profunda en el conocimiento de la flora y la historia natural de Canarias[1].
