El trato de Alonso de Lugo hacia los guanches tras la conquista de Tenerife
La residencia tomada a Alonso de Lugo en 1508, bajo la instrucción de Lope de Sosa, ofrece una visión detallada sobre el trato que el Adelantado dispensó a los guanches tras la conquista de Tenerife. Según la fuente, los cargos más graves y que mayor reacción producen actualmente son los relacionados con el trato a los indígenas vencidos, pues la conducta con los guanches no admite atenuantes y provocó protestas incluso entre contemporáneos del propio Lugo[1].
Entre las acusaciones principales se encontraba la de no respetar los “bandos de paces” y reducir a los guanches a la esclavitud, sin distinción de reino o bando. Lugo, en su defensa, argumentó que no existían tales guanches de paces, sino que todos resistieron o ayudaron a quienes resistían a los Reyes Católicos, y que, sometidos por la fuerza, quedaron a merced del vencedor como presas de buena guerra[1]. Sin embargo, la fuente señala que esta afirmación contradice la tradición histórica y la documentación existente sobre la actuación de Lope Sánchez de Valenzuela, quien en 1498 fue comisionado a Tenerife para liberar a los guanches cautivos injustamente[1].
La documentación recoge una carta de Alonso de Lugo, fechada el 27 de julio de 1499, que distingue entre guanches según su procedencia. En ella se indica que los esclavos de Adexe, Abona, Anaga y Guymar debían recibir un trato diferente, estableciendo una recompensa por cada uno de ellos, lo que evidencia que sí existieron distinciones en el trato según el bando o reino de origen[1]. El texto del pregón publicado al día siguiente reforzaba esta diferenciación, prometiendo seguridad y propiedad de los esclavos capturados, salvo para los de esos cuatro bandos, por los que se debía pagar una cantidad determinada[1].
Además, se documentan casos particulares que ilustran la conducta de Lugo con los guanches. Por ejemplo, se menciona que “había ahorrado a Guantejina, su esclavo guanche, y después le había tornado a vender”, o que vendió a un hijo del Rey Ventor a una hermana suya y luego lo volvió a vender a otro vecino, así como la venta de Diego Copado, guanche cristiano, a pesar de haber salido de entre los cristianos[1]. Lugo, ante estas acusaciones, se defendía alegando la poca fiabilidad de los testigos o la edad avanzada de los denunciantes, pero incluso algunos testigos presentados por su parte rectificaron y confirmaron la veracidad de los hechos[1].
La fuente subraya que estos hechos no solo fueron motivo de queja por parte de los guanches, sino también de algunos castellanos, como Don Enrique de Anaga, quien promovió una querella especial por la esclavización injusta de los indígenas[1]. El proceso de residencia, por tanto, documenta tanto la existencia de distinciones en el trato a los guanches como la persistencia de la esclavitud y la venta de indígenas tras la conquista de Tenerife, a pesar de las disposiciones reales y las protestas elevadas a la Corte.
