El accidente del carruaje de Don Félix Nieto de Silva en la laguna de Aguere
Uno de los episodios más pintorescos recogidos por el Marqués de Lozoya en la biografía de Don Félix Nieto de Silva es el accidente que sufrió su carruaje en la laguna de Aguere, durante su estancia como Capitán General de las Islas Canarias[1]. Este suceso, narrado en las memorias del propio Don Félix, ofrece una visión detallada de la vida cotidiana y las circunstancias del siglo XVII en el archipiélago.
Según relata Don Félix, poseía una estufa (carruaje) traída de Londres, tirada por seis caballos morcillos. Una tarde, acompañado por tres caballeros —Don Estéban de Llerena Calderón, Don Francisco de Briones y el Capitán Juan Manuel Delgado—, decidió salir a pasear por La Laguna, que tras intensas lluvias se encontraba cubierta de agua, ocultando el suelo bajo una pradera inundada[1].
Durante el trayecto, el carruaje se desvió ligeramente del camino habitual y una de las ruedas delanteras se hundió en un pozo oculto bajo el agua. El cochero intentó sacar el carruaje, logrando que el caballo saliera, pero entonces la rueda trasera cayó en el mismo pozo, provocando un fuerte envión que casi volcó la estufa[1].
En medio del peligro, Don Félix invocó a la Virgen de la Peña de Francia, a la que era especialmente devoto. El cochero, viendo la situación crítica, azuzó a los caballos, lo que provocó que la clavija maestra del carruaje se soltara y el tiro delantero saliera disparado, arrastrando al cochero. El carruaje, ya sin los caballos, se volcó parcialmente sobre la rueda derecha[1].
Don Félix logró salir por la ventana, rompiendo el vidrio con los talones, mientras los otros tres acompañantes escaparon por el mismo hueco. Todos quedaron sobre la viga del carruaje, rodeados de agua, hasta que unos labradores acudieron en su ayuda y les explicaron que el accidente se debió a un pozo rebosado por las lluvias[1].
El Marqués de Lozoya destaca que, según Don Félix, fue un milagro que ninguno de los ocupantes se mojara ni sufriera daño, y que el carruaje no se hundiera completamente, quedando a flote como una boya sobre el agua. Además, los vidrios rotos no permitieron la entrada de agua al interior[1].
Este episodio, recogido en las memorias de Don Félix y citado por el Marqués de Lozoya, ilustra tanto el paisaje lagunero de la época como la mentalidad y las creencias de sus protagonistas, quienes atribuían la salvación a la intervención de la Virgen de la Peña de Francia[1].
