La introducción del camello en las Islas Canarias es un hecho destacado en la historia natural del archipiélago, especialmente documentado por Webb y Berthelot en su obra del siglo XIX. Según estos autores, el camello fue introducido por el primer conquistador, Jean de Béthencourt, procedente del continente africano cercano[1]. Esta especie se adaptó perfectamente al clima y las condiciones de las islas, siendo Fuerteventura el principal enclave de sus rebaños, aunque también existía un rebaño en Tenerife, en la propiedad del marqués de Belgida, en Adeje[1].
Durante su estancia en Canarias en febrero de 1829, Webb y Berthelot tuvieron la oportunidad de observar de cerca la cría y las costumbres de estos animales. En esa época, el rebaño de Adeje contaba con dieciocho machos y cuarenta y siete hembras, mantenidos separados. El pelaje de los camellos variaba del blanco-amarillento al marrón oscuro[1].
Los autores describen el comportamiento de los machos durante la época de celo, cuando se vuelven peligrosos y emiten un característico gargareo, mostrando una vejiga que es una prolongación de uno de sus estómagos. En ese estado, pueden atacar incluso a su cuidador, derribándolo y aplastándolo con la callosidad de su pecho. Entre ellos, los machos luchan con los dientes y realizan rápidas maniobras para morder y evitar mordidas, hasta que el más fuerte domina al más débil y se convierte en el “camello padre” del rebaño[1].
La gestación de las hembras dura un año completo. La cría, llamada “Belfino” durante el primer año y “Majululo” hasta su desarrollo completo, tarda tres días en poder levantarse y se alimenta de la leche materna durante dos años, o hasta cuatro si la madre no vuelve a quedar preñada antes. Por ello, la reproducción suele ser cada tres años[1].
El camello se alimenta de todo tipo de vegetación, incluso de ramas de opuntias espinosas, y es capaz de engordar en épocas de sequía, cuando otros animales mueren de hambre. Sin embargo, su estiércol es de poco valor como abono en comparación con el de los bueyes[1].
En Canarias, el camello no posee la velocidad del dromedario árabe y se utiliza principalmente como animal de carga, destacando por su fuerza. Webb y Berthelot relatan el caso de un camello en Fuerteventura que transportó un peso de dieciocho quintales desde el interior de la isla hasta el puerto de Las Cabras[1].
La leche de camella fue considerada de excelente calidad, similar a la de vaca pero algo más espesa, y la camella solo permite ser ordeñada si su cría mama al mismo tiempo. Es raro que las hembras sean empleadas para el trabajo. El consumo de carne de camello era poco habitual en Canarias, aunque en Marruecos era más común, según la observación de los autores[1].
Esta detallada descripción de Webb y Berthelot proporciona una visión precisa de la importancia y adaptación del camello en la economía y la vida rural canaria del siglo XIX, basada en la observación directa y el testimonio de los habitantes locales de la época[1].
