La obra de Webb y Berthelot, “Histoire naturelle des îles Canaries”, dedica una atención especial a la descripción del clima de Tenerife, basándose en observaciones directas realizadas durante su estancia en la isla en el siglo XIX [1]. Según los autores, el clima de Tenerife se caracteriza por una notable suavidad y estabilidad, con estaciones bien diferenciadas pero sin los extremos de temperatura que se encuentran en otras regiones de Europa.
En palabras de la fuente: “El mes de marzo comienza apenas, que ya la primavera se anuncia en toda su belleza; en ninguna parte esta estación es más agradable; una dulce, calor viene a reanimar la naturaleza y devolver a la vegetación toda su energía” [1]. Los autores destacan que, aunque durante la primavera los vientos alisios soplan con fuerza y traen consigo nubes y lluvias, estas precipitaciones son beneficiosas para los cultivos y no alteran de forma significativa el clima apacible de la isla.
Webb y Berthelot también señalan que el verano en Tenerife es templado gracias a la influencia del mar y la protección que ofrecen las montañas, que detienen las nubes y evitan la llegada de la canícula, tan temida en otras latitudes: “Nuestro verano no tiene menos encanto; el viento de mar templa su ardor, nuestras montañas detienen las nubes, y la terrible canícula, ese flagelo de las vastas llanuras, es casi desconocida en nuestras costas” [1].
Sin embargo, los autores advierten sobre la llegada ocasional del harmatán, un viento seco y cálido procedente del desierto africano, que puede elevar las temperaturas y traer consigo polvo y sequedad: “En verano y aún al principio del otoño, hay días agobiantes cuando sopla el harmatán, ese viento del desierto, el enemigo más cruel de nuestros climas, que nos llega abrasador desde África después de atravesar las arenas del Sahara” [1]. A pesar de esto, la influencia del océano Atlántico mitiga sus efectos, y el harmatán solo se convierte en un problema serio cuando se combina con sequía y plagas de langostas.
El otoño y el invierno, según la descripción de Webb y Berthelot, son igualmente suaves. Las lluvias otoñales y los vientos del norte pueden traer tormentas, pero estas son poco frecuentes y, en general, el clima se mantiene templado: “En general, nuestros otoños son dulces como los frutos que nos dan y nuestros inviernos son sin escarcha. La nieve que cubre el pico de Teyde podría hacer creer en un país menos cálido; pero descendiendo a los valles donde están nuestras viviendas y cultivos, el termómetro habla por nosotros y revela un clima privilegiado” [1].
La descripción concluye resaltando la rápida recuperación de la atmósfera tras las lluvias y la pureza del aire: “Después de una lluvia ligera, la atmósfera recupera enseguida su transparencia, el aire su pureza, el cielo su brillante azul y la vida toda su plenitud” [1]. Esta visión de Tenerife como un lugar de clima excepcionalmente benigno fue compartida por otros viajeros y científicos de la época, pero la minuciosidad de Webb y Berthelot ofrece un testimonio especialmente valioso para comprender las condiciones ambientales de la isla en el siglo XIX.
