La oralidad como fuente primaria en el estudio del guanche - Historia
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En su obra “Estudios sobre el guanche”, Maximiano Trapero subraya la relevancia de la oralidad como fuente primaria para el estudio de la lengua de los antiguos habitantes de Canarias, en contraposición a la tradicional dependencia de las fuentes escritas[1]. Según Trapero, la mayoría de los estudios previos sobre la lengua guanche se han basado casi exclusivamente en la documentación contenida en fuentes documentales e historiográficas de las primeras épocas de la conquista y colonización de las Islas[1].

Trapero señala que la lengua guanche se perdió rápidamente, probablemente en dos o tres generaciones posteriores a la conquista de cada isla, y lamenta que no existiera en ese periodo ningún conquistador, cronista, monje o misionero que se preocupara por recoger y describir la lengua de los antiguos canarios, ni se elaborara una gramática o diccionario, como sí ocurrió posteriormente en América[1]. Por ello, lo que ha llegado hasta nuestros días son elementos sueltos del léxico, recogidos de manera fragmentaria en textos escritos, y que rara vez superan el concepto de “palabra”[1].

Sin embargo, Trapero destaca que existe otra fuente mucho más completa y fidedigna: la oralidad. Según el autor, la oralidad ha sido sistemáticamente ignorada o menospreciada en los estudios sobre el guanche, a pesar de que representa una transmisión natural y viva de elementos lingüísticos[1]. Explica que esta desatención se debe, en parte, a que muchos de los estudiosos del guanche han sido extranjeros, desconocedores del español y de la realidad canaria, y que sus investigaciones se han realizado “a la distancia”, sobre listas y repertorios previos, sin someterlos a una crítica de veracidad ni realizar estudios de campo[1].

Trapero argumenta que, aunque los elementos de la lengua guanche que han llegado por vía oral están “españolizados” y deben entenderse desde esa perspectiva, la oralidad es más fiel a la identidad lingüística que la escritura. La transmisión oral implica una continuidad natural, mientras que la escritura supone una doble transmutación: primero, el cambio del significante de una lengua a otra, y después, la transliteración de una secuencia sonora a un segmento ortográfico[1].

El autor reconoce que la oralidad no ha sido completamente ignorada, y menciona el caso de Juan Bethencourt Alfonso, quien en el último tercio del siglo XIX recogió materiales orales en Tenerife, cuando la tradición seguía siendo un modo de vida casi inmutable[1]. Sin embargo, Trapero insiste en que la oralidad debe ocupar un lugar prioritario en la investigación lingüística y toponímica de Canarias, ya que permite acceder a formas y significados que la documentación escrita no puede ofrecer con la misma autenticidad[1].

En conclusión, Trapero propone que la oralidad sea el criterio de representación actual para aquellas formas dudosas recogidas con distintas escrituras, defendiendo que la expresión que permanece viva en la tradición oral merece mayor respeto y atención en los estudios sobre la lengua guanche[1].

Fuentes