El comercio cerealista y ganadero de Fuerteventura en el siglo XVII: rutas, productos y protagonistas - Historia
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Historia
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En el siglo XVII, el comercio de Fuerteventura estuvo profundamente marcado por su función como abastecedora de cereales y ganado para otras islas del archipiélago canario, especialmente Tenerife y Gran Canaria. Según la fuente, aunque la economía majorera se sustentaba principalmente en la agricultura y la ganadería, el remanente de estas actividades generaba un tercer pilar: el comercio, que resultaba vital y complementario para el conjunto de las islas[1].

La exportación de trigo y cebada era fundamental, siendo Fuerteventura considerada “el principal granero de todas las Canarias” según Viera y Clavijo[1]. Además, la isla exportaba ganado, principalmente cabrío, ovino y camellar, que abastecía las carnicerías municipales de Tenerife y Gran Canaria, así como animales de carga y trabajo[1]. Otro producto relevante era la orchilla, un liquen tintóreo muy demandado en la época, especialmente en Cádiz, que funcionaba como centro redistribuidor europeo[1].

El comercio exterior de Fuerteventura, sin embargo, no solía ir mucho más allá del marco interinsular. El 92,6% de las embarcaciones registradas tenían como destino otras islas canarias, principalmente Tenerife (71% de los barcos), mientras que el resto se dirigía a Madeira y la Península[1]. Esta interinsularidad ha sido señalada como una de las posibles causas del subdesarrollo de la isla, ya que la dependencia de las cosechas la hacía vulnerable a las crisis climáticas y a las hambrunas, que en ocasiones paralizaban el tráfico comercial durante años[1].

Los puertos de salida de las mercancías estaban repartidos por toda la costa de Fuerteventura, destacando los de la Peña, Roque de Mascona, Tostón, Amanay, Herradura, Pozo Negro, Gran Tarajal y otros. Esta abundancia de surgideros permitía que las mercancías se embarcaran cerca de las zonas de producción, facilitando el transporte[1].

El transporte se realizaba en navíos, barcas, pataches, fragatas y carabelas, la mayoría de pequeño tonelaje y propiedad de vecinos de Tenerife y La Palma. Los maestres y propietarios de las embarcaciones solían ser foráneos, y la única persona de Fuerteventura que poseía un barco era el capitán y sargento mayor Sebastián Trujillo Ruiz[1].

El comercio estaba controlado principalmente por mercaderes y agentes de otras islas, especialmente Tenerife y Gran Canaria, así como por instituciones eclesiásticas y el señor de Fuerteventura. Los majoreros, en general, se limitaban a vender cereal o ganado a estos intermediarios, por lo que los beneficios del comercio repercutían en mayor medida en personas ajenas a la isla[1].

Las operaciones comerciales estaban sujetas a estrictos controles, como la obligación de los maestres de dar fianza para asegurar que la mercancía llegara al destino pactado y no se exportara ilegalmente fuera del archipiélago. Los fletes variaban según el tipo de carga y la distancia, y en ocasiones se pagaban en especie, especialmente cuando se trataba de ganado[1].

En resumen, el comercio cerealista y ganadero de Fuerteventura en el siglo XVII fue esencial para la economía insular y regional, pero estuvo condicionado por factores climáticos, la dependencia de agentes externos y la limitada diversificación de mercados, lo que contribuyó a la vulnerabilidad de la isla ante las crisis de subsistencia[1].

Fuentes