La evolución de la agarrada en la lucha canaria según Marrero Hernández
En su obra de 1948, Luis Marrero Hernández ofrece un testimonio detallado sobre la evolución de la técnica de la agarrada en la lucha canaria, centrándose especialmente en la transición de la tradicional “mano arriba” a la modalidad de “mano abajo” y las consecuencias que esto tuvo para el desarrollo del deporte en Gran Canaria y el archipiélago[1].
Según Marrero Hernández, la forma tradicional en Gran Canaria era que cada luchador agarrara “a su mano”, es decir, según su costumbre, lo que implicaba el uso del pantalón ancho y la técnica de meter la mano izquierda por la boca-pierna del pantalón y sacar el pulgar por la pretina[1]. Esta forma de agarrar favorecía luchas como la levantada, el cango y la burra, y se practicaba principalmente “pecho a pecho”[1].
La llegada de luchadores de otras islas, especialmente de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, trajo consigo la modalidad de “mano abajo”, que Marrero Hernández describe como una innovación que fue adoptada progresivamente en Gran Canaria[1]. Este cambio se produjo tras la organización de luchadas interinsulares, donde se acordó que cada luchador agarrara según su costumbre, pero la forma de “mano abajo” fue ganando terreno por su eficacia en la defensa y el ataque[1].
El autor relata cómo, tras las primeras luchadas con la nueva modalidad, los luchadores grancanarios, inicialmente acostumbrados a la “mano arriba”, se adaptaron rápidamente y desarrollaron nuevas técnicas como el desvío, la revoliada, la cogida del muslo, el traspiés, la cadera, la chascona y el garabato[1]. Marrero Hernández afirma que esta adaptación fue posible gracias a la habilidad y disposición natural de los luchadores locales para el juego, superando las dificultades que representaba la nueva forma de agarrar[1].
No obstante, el autor defiende que no existe una ventaja intrínseca en la forma de agarrar “mano arriba” ni en el uso del pantalón ancho, y considera que cada luchador debe poder agarrar a su manera, ya que la verdadera destreza se demuestra en la capacidad de adaptación y en el dominio de las técnicas[1].
En los años 40, Marrero Hernández observa que la mayoría de los luchadores en Gran Canaria ya habían adoptado la “mano abajo”, incluso aquellos que tradicionalmente luchaban “mano arriba”[1]. Destaca el caso de Víctor Almeida, conocido como Artillero I, quien sobresale por su capacidad de ataque a pesar de emplear la “mano abajo”, diferenciándose de otros luchadores que usaban esta técnica principalmente de forma defensiva[1].
El testimonio de Marrero Hernández refleja un momento de transformación en la lucha canaria, donde la evolución técnica y la adaptación de los luchadores permitieron enriquecer el deporte y consolidar nuevas modalidades que hoy forman parte de su identidad[1].
