Durante siglos La Graciosa fue un territorio de usos estacionales más que un lugar de residencia. La isla pertenecía al señor de Lanzarote, el marqués Agustín de Herrera, y en 1618 fue cedida en usufructo a los pobladores lanzaroteños, que la emplearon como territorio de caza de aves marinas y conejos, como tierra de pastos para el ganado en invierno y para la obtención de barrilla. Los libros de quintos del Cabildo de Lanzarote del siglo XVII registran barcos que recogían o dejaban ganado en el puerto de La Graciosa, señal de esa función de «corral natural» que la isla desempeñó durante el Antiguo Régimen.

El poblamiento permanente llegó de la mano de la pesca. En 1875 Ramón Silva Ferro publicó en Londres un estudio para justificar el establecimiento de una factoría de pesca y preparación de pescado en la isla, y hacia 1880 se instaló en lo que hoy es Caleta de Sebo una factoría de salazón vinculada a la Sociedad Canario Africana, destinada a procesar las capturas del banco pesquero de la costa africana. Para trabajar en ella se trasladaron unas once familias humildes procedentes del interior de Lanzarote. La factoría fracasó a los pocos años —la prensa de la época lo atribuyó a la falta de estudios previos y a su mala gestión—, pero aquellas familias decidieron quedarse pese al aislamiento, y a principios del siglo XX quedó formado el primer núcleo estable de la isla. En los años treinta se le sumó el caserío de Pedro Barba, fundado por familias de Arrecife, cuyas casas acabarían vendidas como residencias de verano a finales de los sesenta.

La vida de aquellas generaciones fue de pura subsistencia. En un medio hostil, sin nacientes de agua potable, la agricultura apenas se desarrolló y la fuente de recursos más viable era el mar: la pesca y el marisqueo, complementados por un pastoreo de subsistencia. El agua y los productos agrícolas debían traerse de Lanzarote, para lo cual había que cruzar El Río y subir el escarpado risco de Famara, de unos 450 metros, tarea que recaía en las mujeres de la isla. Hasta la posguerra La Graciosa careció de escuela, iglesia y cementerio; fue el general García Escámez, jefe del Mando Económico de Canarias, quien impulsó esas infraestructuras junto a aljibes y aguadas, y repartió lotes de tierras de cultivo entre las familias pobladoras. Sobre el jable se practicó desde entonces una agricultura menor con rotaciones bienales o trienales, en retroceso continuo desde mediados del siglo XX.

La pesca artesanal siguió siendo el eje económico de la comunidad. La transformación llegó en los años setenta y ochenta: se instalaron el agua corriente y la luz eléctrica, apareció una red de intermediarios —los «comprantes»— que garantizaba la comercialización del pescado en Lanzarote y desplazó el antiguo trueque, y algunas familias, tras buenos años de pesca en África, invirtieron en apartamentos, hostelería y comercio local. La creación de la reserva marina en torno al Archipiélago Chinijo abrió después un diálogo, polémico pero cooperativo, entre administración y pescadores: la Cofradía de La Graciosa reivindicó que la pesca en la zona quedara reservada a las embarcaciones profesionales artesanales con base en La Graciosa, Órzola, Caleta de Famara y La Santa, además de ayudas compensatorias ante la posible reducción de capturas.

La dependencia de Lanzarote ha marcado siempre la vida social graciosera. La isla se gobernó mediante una alcaldía pedánea dependiente de la villa de Teguise, municipio al que sigue perteneciendo, y todos los servicios de cierta entidad se encuentran al otro lado de El Río. El puerto lanzaroteño de Órzola constituye el nexo casi exclusivo de unión: el trayecto en barco dura unos veinte minutos y es tan estructural que muchos gracioseros guardan su vehículo en Órzola, pues en la isla rara vez lo necesitan. Los estudiantes de enseñanza media deben desplazarse a los centros de Lanzarote en un movimiento pendular semanal, y buena parte de la población activa trabaja en la pesca o en el sector terciario de otros municipios.

La demografía refleja esa historia de esfuerzo. De 169 habitantes en 1910 se pasó a 680 en 1960; las décadas siguientes trajeron pérdida de población, atraída por el desarrollo pesquero y turístico de Arrecife, hasta los 480 residentes de hecho contabilizados en 1990, aunque en verano la población flotante llegaba a triplicarse. Hoy la isla cuenta con unos 700 habitantes concentrados en Caleta de Sebo, con una estructura mayoritariamente adulta y un éxodo juvenil ligado a los estudios. El turismo actual es deliberadamente contenido: calles de arena sin asfaltar, desplazamientos a pie o en bicicleta, pescado fresco y playas vírgenes dentro de un parque natural, lejos del modelo de los grandes complejos que ya se proyectó sin éxito para Pedro Barba en tiempos del ministro Fraga Iribarne.

El último hito es institucional. En 2018 La Graciosa fue oficialmente reconocida como la octava isla habitada del archipiélago canario, tras años de reivindicaciones de sus habitantes en busca de mayor autonomía y representación. La declaración, además de su valor simbólico, trajo beneficios administrativos y económicos que permiten una mejor gestión de los recursos y servicios públicos, y convirtió a la pequeña isla en símbolo de identidad y orgullo para una comunidad que pasó, en poco más de un siglo, de cargar el agua risco arriba a decidir sobre su propio futuro.

Claves de esta sección

De la cesión de 1618 al «corral natural»

Propiedad del marqués Agustín de Herrera, la isla fue cedida en usufructo en 1618 a los lanzaroteños, que la usaron para cazar aves marinas y conejos, pastar ganado en invierno y obtener barrilla.

Una factoría fundó el poblamiento

Hacia 1880 una factoría de salazón vinculada a la Sociedad Canario Africana, precedida por el estudio de Silva Ferro (Londres, 1875), atrajo a unas once familias de Lanzarote que se quedaron tras su fracaso y fundaron Caleta de Sebo.

El agua venía de Famara

Sin nacientes propios, el agua y los productos agrícolas se traían de Lanzarote cruzando El Río y subiendo el risco de Famara, tarea de las mujeres, hasta que García Escámez construyó aljibes, escuela, iglesia y cementerio en la posguerra.

Pesca artesanal y reserva marina

La pesca sigue siendo el eje económico; la Cofradía de La Graciosa reivindicó la exclusividad de la zona para las flotas artesanales de La Graciosa, Órzola, Caleta de Famara y La Santa dentro de la reserva marina del Chinijo.

Teguise y el nexo de Órzola

La isla pertenece al municipio de Teguise y depende de Lanzarote para servicios y enseñanza; el barco desde Órzola, unos veinte minutos de travesía, es su vínculo casi exclusivo con el exterior.

Octava isla desde 2018

Con unos 700 habitantes y un turismo regulado de arenas, bicicletas y playas vírgenes, La Graciosa obtuvo en 2018 el reconocimiento oficial como octava isla habitada de Canarias.

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Fuentes