Antes de la llegada de los europeos, Fuerteventura estaba habitada por los majos, también llamados mahos o majoreros. Según las crónicas, el nombre de majorero procedía del calzado que confeccionaban con pieles de cabra, una prenda adaptada al terreno árido y a la movilidad pastoril. Vivían en comunidades organizadas en torno a la cría de cabras y ovejas y al cultivo de la cebada, aprovechando de forma diferenciada las zonas costeras, las medianías y el interior montañoso. Almacenaban el agua en construcciones denominadas maretas o aljibes, una infraestructura decisiva para sobrevivir en una isla donde la escasez de líquido condicionaba cada actividad. No se trataba de una sociedad estática: el pastoreo trashumante, la movilidad residencial y el aprovechamiento estacional de los recursos definían su economía y su cultura material.
Hacia la conquista, la isla se dividía en dos espacios políticos: Maxorata, en el norte, y Jandía, en el sur, separados aproximadamente por la zona de La Pared o la Degollada de las Bovias. Esta dualidad territorial no desapareció con la llegada de los europeos. La conquista, iniciada por Juan de Bethencourt en 1402 y consolidada hacia 1405, convirtió a Fuerteventura en un señorío heredable bajo el dominio normando-castellano. La isla pasó a depender de una estructura señorial que marcó la organización social, la recaudación de tributos y la distribución de la tierra durante siglos. Jandía, en particular, conservó un peso específico como espacio de pastos y, más adelante, como dehesa o finca ganadera de gran importancia para la economía insular.
La posición de Fuerteventura en el Atlántico la convirtió en blanco recurrente de la piratería magrebí. Desde Argel y Salé, corsarios atacaron sus costas entre los siglos XVI y XVIII, causando pérdidas humanas, destrucción de propiedades y un permanente estado de alerta en la población. Un episodio especialmente documentado fue la incursión de Xaban Arráez en 1593, que arrasó la isla y se llevó más de sesenta cautivos. Estas incursiones no solo debilitaron la economía: condicionaron la localización de los asentamientos, favorecieron el abandono de zonas costeras expuestas y obligaron a las autoridades a organizar la defensa del litoral. La memoria de esos ataques quedó grabada en topónimos, relatos familiares y en la propia configuración de los pueblos de interior.
El siglo XVIII fue, al mismo tiempo, de crecimiento documentado y de crisis devastadora. Los autores de la época describieron a Fuerteventura como una isla exportadora de cereales y dedicada a la cría de ganado caprino, una doble faceta que la vinculaba al comercio interinsular y a la autosuficiencia alimentaria. Sin embargo, entre 1700 y 1705 una crisis de subsistencia, provocada por la sequía y el hambre, provocó una emigración masiva y la venta forzada de tierras; enero de 1703 fue señalado como el momento más crítico de aquella tragedia. Más adelante, en 1778-1779, Fuerteventura participó en la emigración canaria hacia Luisiana reclutada por el gobierno español, un movimiento en el que salieron jornaleros y familias jóvenes en busca de tierras y de una vida más estable. Estas dos oleadas —la del hambre y la del Atlántico— revelan cómo la isla oscilaba entre la autosuficiencia cerealera y la dependencia de un mundo mucho más amplio.
Durante el siglo XIX, la economía de Fuerteventura experimentó ciclos de auge y colapso vinculados a productos de exportación como la barrilla y la cochinilla. Durante un tiempo, estos cultivos promovieron el comercio y movilizaron mano de obra, pero su dependencia de los mercados externos los hizo especialmente vulnerables. La crisis de 1875-1884 golpeó con especial dureza: entre 1878 y 1887 la población de la isla cayó un 12,4 %, una caída que refleja tanto la emigración como el deterioro de las condiciones de vida rural. Puerto Cabras, un puerto de importancia creciente, comenzó a funcionar como capital de facto de la isla. En 1956 recibió el nombre de Puerto del Rosario, una decisión que simbolizaba el desplazamiento del centro administrativo desde el interior hacia la costa y hacia el mar.
El siglo XX completó la transformación de Fuerteventura. La emigración, primero hacia América y después hacia el Sahara y Venezuela, alteró la demografía, los vínculos familiares y las remesas que sostenían la economía local. A partir de los años sesenta, el turismo inició una expansión que desplazó a la economía hacia los servicios, especialmente en municipios como Pájara y La Oliva, donde las nuevas infraestructuras y la demanda exterior cambiaron el paisaje y los ritmos de vida. En 1975 se instaló en la isla un acuartelamiento de la Legión, muestra de la nueva importancia estratégica del territorio. La historia de Fuerteventura no puede reducirse, por tanto, a una sucesión de fechas: es la historia de una isla que supo sobrevivir a la aridez, a la piratería, a las crisis de subsistencia y a los vaivenes del comercio atlántico, y que hoy conserva, junto a su imagen turística, las huellas de un pasado pastoril y marítimo profundamente arraigado.
Claves de esta sección
Los majos o majoreros
Los primeros habitantes de Fuerteventura vivían de la pastoría y del cultivo de cebada; su nombre de majoreros procedía, según las crónicas, del calzado de piel de cabra que confeccionaban.
Maxorata y Jandía
Antes de la conquista la isla se dividía en dos territorios, Maxorata al norte y Jandía al sur, separados cerca de La Pared o la Degollada de las Bovias.
Conquista señorial de Bethencourt
Juan de Bethencourt inició la conquista en 1402 y la consolidó hacia 1405; Fuerteventura pasó a ser un señorío heredable bajo dominio normando-castellano.
Piratería magrebí
Entre los siglos XVI y XVIII corsarios de Argel y Salé asolaron la costa; en 1593 Xaban Arráez arrasó la isla y se llevó más de sesenta cautivos.
Crisis de subsistencia de 1700-1705
La sequía y el hambre provocaron emigración masiva y venta forzada de tierras; enero de 1703 fue el momento más crítico.
Del Puerto Cabras al turismo
Puerto Cabras se convirtió en capital de facto y fue renombrado Puerto del Rosario en 1956; desde los años sesenta el turismo reorientó la economía hacia los servicios.
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Fuentes
- Cabildo de Lanzarote; Cabildo de Fuerteventura (eds.) — XVI Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote – Tomo 1 Prehistoria y arqueología (2015), pp. 540 p. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote / Cabildo de FuerteventuraVer ficha bibliográfica
- Cabildo de Lanzarote; Cabildo de Fuerteventura (eds.) — V Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote – Tomo 1 Historia, Historia del Arte y Prehistoria-Arqueología (1995), pp. 510 p. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote / Cabildo de FuerteventuraVer ficha bibliográfica
- Cabildo de Lanzarote; Cabildo de Fuerteventura (eds.) — I Jornadas de Historia de Fuerteventura y Lanzarote – Tomo 1 Historia y Geografía (1984), pp. 569 p. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote / Cabildo de FuerteventuraVer ficha bibliográfica
- Cabildo de Lanzarote; Cabildo de Fuerteventura (eds.) — II Jornadas de Historia de Lanzarote y Fuerteventura – Tomo 1 Historia (1987), pp. 474 p. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote / Cabildo de FuerteventuraVer ficha bibliográfica
- Cabildo de Lanzarote; Cabildo de Fuerteventura (eds.) — II Jornadas de Historia de Lanzarote y Fuerteventura – Tomo 2 Geografía, Arte, Prehistoria y Lingüística (1987), pp. 405 p. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote / Cabildo de FuerteventuraVer ficha bibliográfica