La historia económica de El Hierro es, ante todo, una historia de escasez administrada. En apenas 268,71 kilómetros cuadrados repartidos entre tres municipios —Valverde, Frontera y El Pinar—, la isla más pequeña y occidental del archipiélago basó durante siglos su subsistencia en el sector primario: ganadería, agricultura de secano y pesca artesanal. No hubo aquí azúcar, ni un puerto de escala en las grandes rutas atlánticas, ni instituciones poderosas que atrajeran capital. Hubo, en cambio, una comunidad reducida que aprendió a repartir con cuidado el agua, el pasto y el monte, y que convirtió esa contabilidad estricta de los recursos en una forma de cultura.
Antes de la llegada europea, los bimbaches formaban una comunidad pastoril de dimensiones modestas. Según la crónica de fray Juan de Abreu Galindo, vivían en cercados de piedra seca donde se agrupaban varias familias, cubiertos con helechos y ramas, y se vestían con cueros cosidos con nervios de animales. Su alimento básico eran las carnes, la leche, la manteca y las raíces de helecho, y no cultivaban trigo ni cebada. El interior de la isla era llano, pero la costa resultaba muy fragosa, lo que dificultaba los desplazamientos y reforzaba el carácter cerrado de aquella sociedad. Sin cerealicultura y sin arte militar que atender, el ganado lo era casi todo: alimento, vestido, herramienta y medida de la riqueza.
El factor que ordenó todo lo demás fue el agua. La isla carece de escorrentía permanente y su relieve fracturado deja escapar la lluvia hacia el mar, de modo que El Hierro fue históricamente un territorio sin regadío. Antonio Macías Hernández ha cuantificado esa penuria: en 1850, la relación entre el caudal anual de aguas superficiales destinadas al riego y la superficie insular era de 0,01 en El Hierro, frente a 261,73 en Gran Canaria, 44,54 en La Gomera o 30,86 en La Palma; es decir, prácticamente cero. En ese vacío se explica la fama del Garoé, el árbol santo del término de Tigulahe, cuyas hojas destilaban la niebla del alisio y la vertían en dos grandes pilas de piedra construidas a sus pies. El concejo pagaba una guardia para protegerlo y repartir su agua, prueba de que aquel goteo era un bien público estratégico. Junto al árbol, charcas, aljibes y pequeñas tomas domésticas completaban una economía hídrica de gotas contadas.
La conquista no cambió esa ecuación. La Gomera y El Hierro se incorporaron al señorío en la década de 1440 mediante pacto con los jefes indígenas, y quedaron al margen del gran motor de la colonización canaria: la agroindustria azucarera, que exigía suelos fértiles, riego permanente y la energía del agua para mover los ingenios. Sin caña ni ingenios, la isla vivió del ganado y del secano, y de un puñado de productos capaces de viajar: quesos, higos secos, cueros de cabra y orchilla, el liquen tintóreo que se arrancaba de los riscos y del que el señorío cobraba su parte junto a los demás frutos de la tierra. El comercio era escaso, y una cintura de acantilados de lava con radas abiertas y batidas encarecía y arriesgaba cualquier embarque.
Esa presión sobre un territorio pequeño se cobró el monte. Al no poder regar, los herreños compensaron la escasa producción del secano con la ganadería y ganaron pastos al bosque mediante el fuego: ya en el siglo XVII se roturó la meseta de Nisdafe, hasta entonces asiento del monteverde, que quedó circunscrito a las escarpadas laderas de El Golfo, mientras los sabinares se explotaban intensamente como combustible y, sobre todo, como materia prima de todo tipo de útiles domésticos y agrícolas. El extremo suroccidental quedó reservado al uso ganadero comunal en la llamada Dehesa de El Hierro. De aquella cultura pastoril procede el queso herreño, elaborado con leche de vaca, oveja y cabra mezcladas, y platos que aún se preparan como el caldo de queso, la quesadilla o las natillas de suero. En El Golfo y La Dehesa, la vid plantada sobre jable volcánico añadió a esa despensa un vino de pequeña escala y carácter marcadamente insular.
El mar aportó la otra mitad del sustento. La pesca artesanal ha formado parte de la cultura y la vida de los pueblos herreños, y su capital es La Restinga, el puerto del sur, desde donde las embarcaciones faenan en el Mar de las Calmas: pesca de litoral, pero también captura de grandes túnidos que forman parte de la dieta de la población local y de la foránea. En 2023 faenaban en esas aguas cuarenta embarcaciones con artes artesanales, agrupadas en una sola cofradía, la de Nuestra Señora de los Reyes, y la pesca seguía siendo una parte significativa del suministro de alimentos junto a la agricultura de subsistencia. El recetario refleja esa dependencia: morena frita, lapas a la plancha, vieja frita o el peto, que entre abril y julio se aprovecha entero en croquetas, cazuelas y sopas de arroz. Las mismas aguas amparadas por la Reserva Marina del Mar de las Calmas sostienen hoy los centros de buceo que han hecho famosa a La Restinga.
La supervivencia hasta bien entrado el siglo XX de una sociedad dependiente de las fuentes agrarias tradicionales explica su secular estancamiento demográfico y la constante emigración. Los herreños salieron hacia América, sobre todo hacia Cuba y Venezuela, y el retorno de muchos de ellos introdujo recursos, ideas y contactos que transformaron la sociedad local; la huella venezolana se percibe todavía en el habla, en la música y en una cocina isleña deudora de la culinaria latinoamericana. Durante casi todo el siglo XX la isla se mantuvo, con leves altibajos, en torno a los siete mil habitantes. Solo a finales de la centuria se rompió ese equilibrio: la entrada en la Unión Europea, la comercialización de la producción agropecuaria y un turismo incipiente llevaron la población por encima de los diez mil en apenas un lustro, y hoy ronda los once mil repartidos entre los tres municipios.
El presente herreño ha convertido la vieja aritmética de la escasez en argumento de futuro. La isla ha apostado por las energías renovables y por las tecnologías de la información y las comunicaciones dentro de un conjunto de iniciativas orientadas a la eficiencia energética y a la sostenibilidad. El proyecto Gorona del Viento, una central hidroeólica que combina aerogeneradores con depósitos de agua, permitió a El Hierro convertirse desde 2014 en la primera isla del mundo capaz de funcionar con energía cien por cien renovable durante periodos prolongados, y se ha convertido en modelo de referencia para pequeñas islas de todo el mundo. La UNESCO la había declarado Reserva de la Biosfera en 2000 y la reconoció como Geoparque en 2014. Sobre esa base, un turismo de baja densidad —senderismo, buceo, paisaje— y una actividad pesquera de apenas huella de carbono definen una economía pequeña que ha hecho de su escala una ventaja.
Claves de esta sección
Una economía de escasez administrada
En 268,71 km² y tres municipios, El Hierro vivió del sector primario: ganadería, secano y pesca artesanal, al margen del azúcar y de las grandes rutas comerciales atlánticas.
Pastoreo bimbache
Según Abreu Galindo, los bimbaches vivían en cercados de piedra seca, se vestían con cueros y se alimentaban de carne, leche, manteca y raíces de helecho; no cultivaban trigo ni cebada.
El agua, factor limitante
En 1850 la ratio de aguas superficiales para riego era de 0,01 en El Hierro frente a 261,73 en Gran Canaria; el Garoé, con guardia pagada por el concejo, y los aljibes suplían esa carencia.
Ganado, monte y productos exportables
Quesos, higos secos, cueros de cabra y orchilla eran lo único que viajaba; la meseta de Nisdafe se roturó en el siglo XVII y los sabinares se explotaron como combustible y materia prima.
La Restinga y el Mar de las Calmas
En 2023 faenaban cuarenta embarcaciones artesanales de una sola cofradía, la de Nuestra Señora de los Reyes; la reserva marina sostiene hoy los centros de buceo del sur de la isla.
De la emigración a Gorona del Viento
Con unos siete mil habitantes durante casi todo el siglo XX y emigración constante a Cuba y Venezuela, la isla superó los diez mil en un lustro y desde 2014 funciona con renovables al cien por cien en periodos prolongados.
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Fuentes
- Fray Juan de Abreu Galindo — Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria (1632), pp. 232 p. Memoria Digital de Canarias — ULPGCVer ficha bibliográfica
- Antonio M. Macías Hernández — La colonización europea y el derecho de aguas. El ejemplo de Canarias, 1480-1525 (2009), pp. 715-738 Dialnet (Universidad de La Rioja)Ver ficha bibliográfica
- Fernando Pardo Navarro, Ángel Velasco Sánchez, Luis Gil Sánchez — La Transformación Histórica del Paisaje Forestal en Canarias (2007)Ver ficha bibliográfica
- Grecy Pérez Amores; Raquel de la Cruz Modino; José Jaime Pascual Fernández; Agustín Santana Talavera; José Antonio Batista Medina; Héctor Moreno Mendoza (eds.) — Entre olas. Recetas tradicionales de La Gomera, El Hierro y Tenerife (2023), pp. 202 p. PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio CulturalVer ficha bibliográfica