El contexto de Gran Canaria en el siglo XIV
En el último tercio del siglo XIV, la isla de Gran Canaria estaba dividida en diez distritos independientes, cada uno gobernado por un jefe que no rendía vasallaje a ningún otro[1]. Entre las siete islas habitadas del archipiélago, Gran Canaria era la más cultivada y la que mostraba señales de una civilización más avanzada. Se conocía el cultivo de la cebada, base del gofio, y la isla producía higos y otras frutas que se conservaban en cestas de palma[1]. Las viviendas eran casas de piedra cuadrada, con paredes revestidas de madera, y también se preferían cuevas situadas en lugares escarpados por considerarlas más cómodas y saludables[1].
Los canarios eran descritos como audaces, inteligentes, de elevada estatura, tez morena, ojos generalmente azules y cabello rubio. Vestían tamarcos tejidos de palma o juncos, pintados de amarillo y rojo, y no usaban calzado[1]. Su lenguaje era dulce y armonioso, y eran aficionados al canto y al baile, actividades que se mantuvieron célebres incluso después de la conquista[1].
El ascenso de Andamana
En este contexto, surge la figura de Andamana, una joven de Gáldar reconocida por su belleza, talento y virtudes. Había adquirido una reputación envidiable de sensatez y buen juicio, y todas las cuestiones importantes de la isla, desde disputas hasta profecías, pasaban por su consejo[1]. Andamana fomentaba la creencia de estar inspirada por la divinidad, con una conducta reservada y frecuentes éxtasis en los que afirmaba comunicarse con los espíritus[1].
Su influencia despertó envidias y oposición, lo que la llevó a unirse con Gumidafe, jefe del cantón de Gáldar, con la intención de extender su dominio sobre los otros nueve cantones y consolidar una sola monarquía[1]. Las bodas de Andamana y Gumidafe atrajeron a la juventud más belicosa, formando un núcleo de guerreros leales que, de cantón en cantón, fueron sometiendo a los demás jefes, unos por promesas, otros por halagos, y la mayoría seducidos por el genio y la belleza de Andamana[1].
La unificación de Gran Canaria
Tras la consolidación del poder, Andamana y Gumidafe lograron que los jefes desposeídos se integraran en un consejo de Guayres, concediéndoles títulos y honores simbólicos[1]. Al morir ambos, dejaron la dignidad real y el dominio absoluto a su hijo Artemi Semidán, quien alcanzó celebridad por la victoria sobre las huestes de Juan de Bethencourt en Arguineguín, otorgando a la isla el título de “Grande”[1].
Valoración histórica
Andamana es considerada la figura histórica más antigua de las Islas Canarias, destacando por su capacidad, influencia y mérito en la transformación política de la isla, sustituyendo el régimen feudal de los diez jefes independientes por una monarquía centralizada con consejo[1].
