En el año 1961, según documenta Fernández, José María, se produjo en La Laguna, Tenerife, un fenómeno biológico que atrajo la atención de la comunidad local y científica: los álamos que bordeaban la carretera de La Laguna a Las Canteras, cerca de La Glorieta, aparecieron cubiertos por una capa sedosa que recordaba al nilón moderno[1].
El autor relata que fue el profesor Maynar quien le avisó del suceso, permitiéndole observar, fotografiar y recolectar muestras de las pequeñas orugas responsables del tejido sedoso. Estas orugas, criadas en cautividad, dieron lugar a polillas de pequeño tamaño, color gris claro, alas estrechas y bordeadas de flecos, con puntos negruzcos en las alas[1].
Fernández publicó un artículo en el periódico “La Tarde” el 10 de marzo de ese año, donde advertía sobre la posible alarma generada por la plaga, pero también señalaba que el fenómeno tendría un control biológico natural. En sus cultivos, observó la aparición de un díptero taquínido, aún sin identificar, que actuó como controlador biológico de la plaga. Sin embargo, fueron principalmente los factores ambientales los que pusieron fin al ciclo anómalo de la polilla: vientos fuertes, frío y lluvias intensas eliminaron las telas y provocaron la muerte masiva de las orugas[1].
Parte del material recolectado fue enviado al especialista en lepidópteros Ramón Agenjo, quien identificó la especie como Yponomeuta gigas Rbl., ya conocida en Gran Canaria donde vive normalmente sobre Salix canariensis (sauce canario). La novedad, según Fernández, radicaba en la localidad lagunera, la presencia sobre álamos y el número extraordinario de individuos responsables del fenómeno[1].
Agenjo incluyó la especie canaria en su artículo sobre plagas de álamos en el “Boletín de Plagas Forestales”, destacando que este tipo de episodios no es desconocido en la Península, donde especies afines pueden causar fenómenos similares en álamos y otros árboles[1].
El fenómeno, aunque inicialmente alarmante, no provocó daños permanentes en los árboles. Meses después, los álamos mostraban un follaje renovado y saludable. Fernández concluye que la naturaleza impuso su equilibrio, y la voracidad de las orugas actuó como una poda superficial, sin consecuencias negativas para la vegetación local[1].
