El drago en el aula: cómo la educación ambiental canaria enseñó su árbol símbolo - Naturaleza
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El drago en el aula: cómo la educación ambiental canaria enseñó su árbol símbolo

El drago no solo se estudia como planta: también ha sido material de enseñanza. El Libro Vivo de la Educación Ambiental en Canarias (2004), de José Julio Cabrera Mujica, le dedicó su primer capítulo y lo convirtió en una unidad de trabajo con actividades concretas para el aula y el campo[1].

Un manual que tuvo que elegir sus símbolos

La obra no eligió sus contenidos al azar. Los autores explican que decidieron dedicar quince capítulos a cada área temática, y que la necesidad de ampliar en dos los de problemática ambiental les exigió renunciar a otros tantos de flora[1].

Para elegir los capítulos de flora y fauna recurrieron a tres criterios: los soportes bibliográficos disponibles, la posibilidad de tratamiento audiovisual y los dieciséis símbolos botánicos y zoológicos del archipiélago. De esos dieciséis solo pudieron utilizar diez —Pino, Sabina, Palmera, Drago, Cardón, Tabaiba, Canario, Janieo, Hubara y Lagarto—, valorando especialmente las posibilidades didácticas y la importancia relativa de los elegidos[1].

Los descartados no desaparecieron del todo: el cardón de Jandía quedó contemplado junto al Cardón, el viñátigo dentro de la Laurisilva y el presa canario pudo incluirse junto a los animales foráneos. La graja, el pinzón azul y la paloma rabiche hubieron de ser obviados en beneficio de otro grupo de animales que, a juicio de los autores, estaba peor representado en el conjunto. Dentro de esa distribución, el drago y la sabina quedaron como representantes del bosque termófilo[1].

El dragón como puerta de entrada

La ilustración del capítulo tiene una intención pedagógica explícita. Según el propio texto, el dibujo incide en la mitología al buscar como recurso didáctico los paralelismos entre el drago (Dracaena draco) y el dragón de la mitología. Los autores señalan que, por su simplicidad de líneas, resulta más adecuado para los alumnos de menor edad, aunque advierten que ese aspecto no es determinante en ningún caso[1].

Salir al campo, al jardín y a la toponimia

Las actividades propuestas convierten al drago en objeto de observación directa. Se pide visitar zonas con dragos en estado natural o cuya toponimia se asocie a ellos y, en su defecto, parques y jardines que los contengan; cultivar la planta desde el semillero hasta el momento de su repoblación llevando un diario de incidencias; e inventariar los ejemplares en el campo para elaborar un mapa de distribución[1].

Otras tareas apuntan a datos que el alumnado debe cuantificar por sí mismo: averiguar a qué edad se ramifican los ejemplares de los jardines, contar cuántos jardines lo acogen y observar si están cerca o lejos de casas y construcciones y si las raíces o las ramas llegan a afectarlas. También se propone inventariar los nidos que contiene indicando a qué especies corresponden, y comprobar si su fruto es comestible describiendo la experiencia[1].

Un drago en El Jardín de las Delicias

El capítulo cierra con dos ejercicios que salen de la botánica. Uno pide escribir un cuento sobre el drago que recoja las fuentes mitológicas de su nombre científico. El otro remite a El Jardín de las Delicias de El Bosco, donde aparece representado un drago: se propone buscarlo en la pintura, mostrarlo a los compañeros e intentar explicar su presencia allí atendiendo al momento en que se pintó y al escaso conocimiento que entonces existía sobre Canarias[1].

El capítulo se apoya además en bibliografía botánica especializada, con obras de Bramwell, Kunkel, Oliva y Viera entre las referencias citadas para el drago[1].

Fuentes