Ilustración de un silbador gomero comunicándose entre barrancos de La Gomera
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El silbo gomero es uno de los fenómenos lingüísticos más singulares del mundo: un sistema de comunicación silbado que permite transmitir mensajes a través de los profundos barrancos y montañas de La Gomera. Nacido de la necesidad y moldeado por la geografía, este lenguaje ha sobrevivido siglos de cambios —incluida la conquista castellana— y hoy continúa vivo en la isla que lo vio nacer.[1]

Un lenguaje nacido de la geografía

Hay lenguas que nacen de la necesidad, y pocas necesidades tan concretas como esta: tienes algo urgente que decir, la persona que necesita escucharlo está al otro lado de un barranco de doscientos metros de profundidad, y gritar no sirve de nada. Los habitantes de La Gomera resolvieron ese problema de una manera que todavía sorprende a los lingüistas: inventaron una lengua hecha de silbidos.

El Silbo Gomero no es un código, ni una señal de socorro, ni un truco de pastores. Es una lengua articulada, con estructura fonética propia, capaz de transmitir cualquier mensaje. Reproduce con silbidos el español hablado en la isla: dos silbidos diferenciados sustituyen a las cinco vocales españolas, y otros cuatro a las consonantes. Con esos seis elementos, un silbador experimentado puede decir prácticamente todo lo que diría hablando — y hacerlo llegar a cinco kilómetros de distancia, saltando valles y barrancos sin perder claridad.[2]

De los guanches al castellano

El origen del silbo es prehispánico. Los primeros pobladores de La Gomera, aborígenes de origen bereber norteafricano, ya usaban una forma de lenguaje silbado para comunicarse a través de la complicada geografía de la isla. Cuando llegaron los conquistadores castellanos en el siglo XV, el silbo no desapareció: se adaptó. Cambió de lengua base —del guanche al español— pero mantuvo su lógica, su música, su utilidad. Es uno de los pocos casos en la historia en que una práctica cultural de los pueblos originarios no solo sobrevivió a la conquista, sino que absorbió la lengua del conquistador y siguió adelante.[2]

Durante siglos funcionó como infraestructura de comunicación de toda la isla. Coordinar el pastoreo, avisar de peligros, transmitir noticias de un municipio a otro — todo pasaba por el silbo. Luego llegó el teléfono, y la urgencia desapareció. A mediados del siglo XX el silbo empezó a perderse, como tantas cosas que dejan de ser necesarias antes de que alguien decida que merecen conservarse.[1]

Declive y revitalización

Lo que ocurrió después es más interesante que el declive. Gracias al esfuerzo de la población local y las instituciones, el Silbo Gomero fue recuperado y protegido como patrimonio cultural. Hoy se enseña de forma obligatoria en los colegios de La Gomera, garantizando su conservación para las futuras generaciones.[3] Según la UNESCO, es comprendido por la casi totalidad de los isleños y practicado por una gran mayoría, en particular las personas de mayor edad y los jóvenes escolarizados desde 1999. De hecho, La UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009.[1]

Hay algo extrañamente moderno en todo esto. En un momento en que las lenguas minorizadas del mundo desaparecen a un ritmo alarmante, La Gomera tomó una práctica que estaba a punto de extinguirse y la metió en el currículo escolar. Los niños aprenden a silbar en clase. Los abuelos, que lo aprendieron de sus padres, los escuchan y corrigen. Una lengua que nació de la geografía de una isla sobrevive ahora porque alguien decidió que valía la pena.[1]

Que una isla de apenas 370 kilómetros cuadrados haya dado lugar a un lenguaje silbado de esta complejidad no es una casualidad. La UNESCO lo describe como el único lenguaje silbado del mundo plenamente desarrollado y practicado por una comunidad numerosa, de más de 22.000 personas. Es lo que pasa cuando el paisaje obliga a la imaginación. Al fin y al cabo, esta es la magia de las Canarias.[1]

Fuentes