El drago milenario de Icod de los Vinos, en la isla de Tenerife, es descrito por José M. Esteban como un elemento natural sin parangón, considerado el ser vivo más antiguo de España, con una edad superior a los mil años, una copa de más de ochenta toneladas, un tronco de unos veinte metros de diámetro y una altura semejante [1]. A su alrededor se ha construido un parque que permite contemplar este ejemplar único, y las casas vecinas, como la de Casimiro Huerta, ofrecen balcones que funcionan como auténticos miradores de la historia [1].
Según la fuente, el drago no es el único atractivo de Icod de los Vinos, pero sí uno de los más emblemáticos, y ha sido testigo de reuniones en las que se alternaba la conversación sobre el pasado guanche, la lengua y el folclore canario, junto con recuerdos personales y la vida contemporánea [1]. Durante una visita relatada por Esteban, la mesa instalada junto al drago sirvió de escenario para debates sobre la lengua guanche y el vocabulario canario, en los que participaron tanto locales como visitantes [1].
El drago milenario aparece así vinculado a la transmisión oral de la cultura y la lengua canaria. En el entorno del drago, se discutieron palabras y expresiones de origen guanche y su pervivencia en el habla cotidiana, así como la influencia de otras lenguas y culturas en el vocabulario canario contemporáneo [1]. La fuente subraya que el lenguaje canario es un ente extraordinariamente vivo, influido por el español, pero también por lenguas sudamericanas, bereberes y hasta el inglés, debido a la historia de intercambios y migraciones [1].
El drago de Icod de los Vinos, por tanto, no solo es un monumento natural, sino también un símbolo de la memoria colectiva y de la continuidad de la lengua y las tradiciones canarias. La fuente relata cómo, desde los balcones que rodean al drago, se puede contemplar tanto el árbol como el devenir histórico de la isla, alternando el pasado guanche con la vida moderna y el intercambio cultural [1].
En definitiva, el drago milenario es presentado por José M. Esteban como un testigo privilegiado de la historia y la lengua canaria, un punto de encuentro entre la naturaleza, la memoria y la identidad insular [1].
