El desarrollo de la paleopatología en Canarias: aportaciones y desafíos - Arqueología
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La paleopatología, entendida como el estudio de las enfermedades en poblaciones antiguas a través de restos óseos y momias, ha sido un campo fundamental para la comprensión de la historia biológica de las poblaciones indígenas de Canarias. Según Conrado Rodríguez Martín y Mercedes Martín Oval, el desarrollo de esta disciplina en el archipiélago ha estado marcado por una serie de desafíos metodológicos y por la dispersión de los materiales y fuentes bibliográficas[1].

Uno de los principales obstáculos identificados por los autores es la dispersión del material bibliográfico, ya que muchos trabajos relevantes no se encuentran en publicaciones especializadas, sino en obras generales o en revistas de difícil acceso. Además, la variabilidad en la procedencia de los autores y sus diferentes escuelas metodológicas ha dificultado la comparación de resultados y la consolidación de una visión unificada sobre la salud y las patologías de los antiguos canarios[1].

La paleopatología en Canarias comenzó a tomar forma en el siglo XIX, con aportaciones pioneras como las de Gregorio Chil y Naranjo, quien ya en 1878 realizó observaciones sobre lesiones óseas y prácticas médicas ancestrales. Sin embargo, fue en el siglo XX cuando la disciplina experimentó un avance notable gracias a la labor de Juan Bosch Millares, director del Museo Canario de Las Palmas. Bosch Millares, consciente de sus limitaciones metodológicas, se dedicó a recopilar y analizar los estudios físico-antropológicos y paleopatológicos realizados en las islas, destacando la importancia de los traumatismos craneales y la baja incidencia de infecciones óseas específicas entre los aborígenes[1].

Entre las conclusiones generales de Bosch Millares se encuentran la alta prevalencia de traumatismos craneales, especialmente fracturas provocadas por violencia humana, y la escasez de traumatismos postcraneales. Asimismo, señaló la baja incidencia de infecciones esqueléticas inespecíficas y la rareza de tumores óseos, así como la relevancia de la patología articular degenerativa o artrosis en las poblaciones prehispánicas[1].

Bosch Millares también clasificó las prácticas cefálicas de los aborígenes en tres grupos: trepanación, cauterización y escarificación, aportando una visión más detallada sobre las intervenciones médicas practicadas en el pasado. No obstante, los autores advierten que, aunque el diagnóstico paleopatológico de Bosch suele ser certero, sus interpretaciones pueden carecer de un análisis estadístico riguroso y de una revisión bibliográfica exhaustiva[1].

El desarrollo de la paleopatología en Canarias ha permitido reconstruir aspectos clave de la vida y la salud de los antiguos habitantes, mostrando cómo la violencia, las enfermedades articulares y las prácticas médicas formaban parte de su realidad cotidiana. Sin embargo, los desafíos metodológicos y la necesidad de integrar nuevas tecnologías y enfoques interdisciplinarios siguen siendo tareas pendientes para futuras investigaciones[1].

Fuentes