La paleopatología, disciplina que estudia las enfermedades en restos humanos antiguos, tuvo un desarrollo tardío y peculiar en Canarias, según la fuente dirigida por Rafael González Antón y varios autores. Durante siglos, el interés principal de los investigadores se centró en la antropología física y la raciología, relegando el estudio de la enfermedad en las poblaciones indígenas a un segundo plano[1].
En el archipiélago, las primeras referencias a la enfermedad entre los aborígenes aparecen en las fuentes escritas, como las crónicas de Espinosa, Torriani y Abreu Galindo, aunque siempre de manera indirecta y sin observación directa de los restos[1]. José de Viera y Clavijo, en el siglo XVIII, dedicó un capítulo de su “Noticias de la Historia General de las Islas Canarias” a los embalsamamientos y entierros, aportando datos sobre la posición de los cadáveres y la posible existencia de especialistas en la momificación, aunque la fuente señala que la evisceración no era una práctica común en las momias canarias[1].
El verdadero inicio de la paleopatología en Canarias, según Diego Cuscoy y Rodríguez Martín citados en la fuente, se sitúa con el médico teldense Gregorio Chil y Naranjo (1831-1901). Chil realizó las primeras aportaciones sistemáticas al estudio de las enfermedades en restos aborígenes, aunque su obra se centró principalmente en la prehistoria y antropología física del archipiélago[1]. En su obra “Estudios Históricos, Climatológicos y Patológicos de las Islas Canarias” (1876-1891), Chil abordó temas como la división sexual del trabajo médico, el uso de productos vegetales y animales en la terapéutica, y la momificación, negando la práctica de la evisceración y la introducción de sustancias conservantes en los cuerpos[1].
Chil también publicó trabajos específicos sobre patología, como “Anatomía Patológica de los aborígenes canarios” (1900), donde describió fracturas, técnicas de inmovilización y casos de tumores, abscesos y trastornos reumáticos. Destaca la descripción de un osteosarcoma en la mandíbula de una mujer, considerado el primer caso documentado en la historiografía canaria[1].
A finales del siglo XIX y principios del XX, científicos europeos como René Verneau, Felix von Luschan, Robert Lehmann-Nitsche y Detloff von Behr realizaron aportaciones relevantes desde instituciones extranjeras que poseían restos canarios. Verneau, aunque centrado en la antropología física, mencionó casos de hidrocefalia, traumatismos craneales y lesiones óseas, y organizó la Sección de Antropología Física del Museo Canario[1]. Luschan fue el primero en describir casos de trepanación prehispánica en Tenerife y lesiones bregmáticas, mientras que Lehmann-Nitsche clasificó los tipos de cauterización craneal existentes en Canarias[1]. Behr, por su parte, realizó la primera descripción paleopatológica de las dentaduras aborígenes, señalando una alta incidencia de caries y abscesos[1].
Según la fuente, estos trabajos pioneros sentaron las bases para el desarrollo posterior de la paleopatología en Canarias, aunque durante mucho tiempo las observaciones sobre enfermedad fueron consideradas meras curiosidades dentro de estudios raciológicos y osteométricos más amplios[1].
