La laurisilva es uno de los ecosistemas más singulares y valiosos de Canarias, considerado un auténtico fósil viviente de las selvas mediterráneas del Terciario[1]. Estas selvas lograron sobrevivir a las glaciaciones y a la desecación del Sáhara refugiándose en la Macaronesia, región geográfica que incluye al archipiélago canario[1].
Durante millones de años, el influjo oceánico y la gran altitud de las islas permitieron a las plantas de la laurisilva realizar migraciones altitudinales, buscando en cada momento el microclima más adecuado a sus necesidades biológicas[1]. En la actualidad, las zonas de neblinas del norte de las islas de mayor orografía, como el Parque Nacional de Garajonay en La Gomera, Patrimonio de la Humanidad, mantienen la mejor representación de este bosque[1].
La laurisilva se caracteriza por la caída copiosa de hojas al suelo, fenómeno conocido como “lluvia horizontal”, que, junto con la humedad de las nieblas, contribuye a la fertilidad del suelo, similar a lo que ocurre en el fayal-brezal[1]. Sin embargo, la superficie original de la laurisilva ha sido drásticamente reducida. En islas como Gran Canaria apenas queda un 1% de su extensión primitiva, y en Tenerife y La Palma la reducción también ha sido significativa[1].
Este bosque está formado por una gran variedad de árboles y plantas adaptadas a diferentes ambientes: unas al fondo con sus riachuelos, otras a las laderas, rocallas, cimas, solanas o umbrías[1]. Entre las especies más representativas se encuentran el til (Ocotea foetens), el viñátigo, el laurel, el acebiño y el mocán. La fauna asociada incluye aves endémicas como la paloma rabiche y la turqué, que se alimentan de los frutos de la laurisilva[1].
La importancia ecológica de la laurisilva radica en su papel como reservorio de biodiversidad y regulador hídrico. La captación de agua de las nieblas por las hojas de los árboles es fundamental para el mantenimiento de los acuíferos y la vida en las islas[1]. Además, la laurisilva es un ejemplo de adaptación y supervivencia de especies vegetales en condiciones insulares y aisladas.
La conservación de la laurisilva es un reto importante, pues su fragilidad y la presión humana han puesto en peligro este ecosistema único. El conocimiento y la valoración de la laurisilva son esenciales para garantizar su protección y transmitir a las nuevas generaciones la riqueza natural de Canarias[1].
