El cultivo de la cochinilla en Lanzarote constituye un fenómeno agrícola y económico singular en la historia de Canarias, especialmente relevante durante el siglo XIX[1]. La cochinilla, un insecto conocido científicamente como Coccus cacti, se cría sobre los tallos de las tuneras, generando una plaga beneficiosa que se manifiesta en forma de manchas blancas en las plantas[1].
El éxito del cultivo de la cochinilla en Lanzarote se debe a una combinación de factores geográficos y climáticos. La isla, situada en la zona tropical y próxima a la costa africana, presenta un clima árido, con precipitaciones medias anuales de apenas 140 mm y una fuerte insolación durante todo el año. Sin embargo, la influencia de la corriente fría de Canarias suaviza las temperaturas y mantiene una humedad relativa media superior al 60%, condiciones ideales para el desarrollo de la cochinilla en las tuneras[1].
Las zonas más propicias para el cultivo se localizan en la costa noreste de Lanzarote, especialmente en los caseríos de Mala y Guatiza. Aquí, las tuneras se plantan en hileras durante el invierno, utilizando hojas de nopal o “pencas” que, tras un año de crecimiento, son infectadas con la cochinilla. El proceso de siembra implica colocar pequeños sacos de malla con hembras adultas sobre las pencas, permitiendo la deposición de huevos. A los noventa días, la cochinilla está lista para ser recolectada, tarea que se realiza semanalmente y que requiere aproximadamente una persona por hectárea, coincidiendo con los meses de verano[1].
Tras la recolección, la cochinilla viva se somete a un proceso de agitación y secado al sol, seguido de una limpieza de impurezas antes de ser embolsada en sacos porosos para su exportación. El principal destino de la cochinilla era la industria de tintes, especialmente el carmín, muy demandado en los mercados internacionales del siglo XIX[1].
El auge del cultivo de la cochinilla en Canarias se produjo tras su introducción en la primera mitad del siglo XIX, con un impulso definitivo tras la presentación de la cochinilla viva en la Real Sociedad Económica de Cádiz en 1820. En Lanzarote, el cultivo se consolidó gracias a la adaptación de técnicas agrícolas ingeniosas y a la utilización de terrenos marginales, lo que permitió que incluso los sectores más pobres de la población se beneficiaran de esta actividad[1].
Durante la década de 1850-1860, la producción de cochinilla alcanzó su máximo esplendor, llegando a representar hasta el 90% del valor de las exportaciones canarias, con el mercado inglés como principal comprador. Sin embargo, a partir de 1873, factores como la guerra franco-prusiana y la aparición de tintes sintéticos provocaron una profunda crisis en el sector, reduciendo drásticamente la superficie cultivada y la importancia económica de la cochinilla[1].
A pesar de la crisis, en lugares como Mala y Guatiza el cultivo de la cochinilla ha persistido, manteniendo técnicas tradicionales y un perfil demográfico envejecido entre los cultivadores. Esta pervivencia constituye un testimonio vivo de la adaptación agrícola y la historia económica de Lanzarote[1].
