La interpretación arqueológica del poblamiento antiguo de Canarias ha estado fuertemente condicionada por el insularismo político, especialmente tras la entrada en vigor del Estatuto de Autonomía en 1982[1]. Este fenómeno ha fragmentado la visión regional de la prehistoria canaria, promoviendo la idea de culturas insulares diferenciadas y reforzando la percepción de cada isla como una entidad histórica y cultural autónoma[1].
La transferencia de competencias patrimoniales a los cabildos insulares y la consolidación de clientelas políticas en cada isla han favorecido el desarrollo de un discurso arqueológico insularista, en detrimento de una perspectiva regional o pancanaria[1]. Según el análisis de Farrujia de la Rosa, “el insularismo político se ha traducido en el fraccionamiento del espacio político, en el auge del particularismo insularista como opción política, en su doble expresión de las ideas y de la práctica”[1].
Este marco ha propiciado que la arqueología y la museografía canarias se orienten a destacar las singularidades de cada isla y de las etnias que supuestamente las poblaron, como los guanches en Tenerife, los majos en Lanzarote o los gomeros en La Gomera[1]. La Colección “La prehistoria de Canarias”, editada en los años noventa, ejemplifica esta tendencia al dedicar un volumen a cada isla y asociar explícitamente un grupo étnico a cada una[1].
Sin embargo, la base empírica de esta relación isla-etnia es débil. Los estudios arqueológicos y genéticos recientes no respaldan la existencia de etnias insulares diferenciadas, sino más bien la presencia de un sustrato amazigh común, modulado por el aislamiento y la adaptación local[1]. El propio Farrujia señala que “los datos arqueológicos y genéticos no permiten seguir defendiendo la tesis poblamiento-isla-etnia”[1].
A pesar de ello, la gestión patrimonial y la difusión museográfica han seguido reforzando el discurso insularista, presentando la prehistoria de cada isla como un fenómeno autónomo y singular[1]. Este enfoque ha tenido consecuencias en la percepción social de la identidad canaria, alimentando la identificación de los habitantes con su isla de origen y dificultando la construcción de una narrativa histórica común[1].
En conclusión, el insularismo político ha marcado profundamente la interpretación arqueológica y la gestión del patrimonio en Canarias, generando una visión fragmentada del poblamiento antiguo que no siempre se corresponde con la evidencia científica disponible[1].
