La llegada de la caña de azúcar (Saccharum officinarum) a Canarias y su rápido desarrollo como cultivo de exportación en los siglos XVI y XVII supuso una transformación radical del paisaje forestal insular. Los ingenios azucareros, instalados principalmente en las zonas bajas y húmedas de Tenerife, Gran Canaria, La Palma y La Gomera, requerían grandes cantidades de leña y madera para alimentar las calderas en las que se cocía el guarapo y se cristalizaba el azúcar, así como para la construcción de las propias instalaciones industriales [1].
La demanda de combustible fue tan elevada que, en pocos años tras la conquista, las islas occidentales tuvieron que exportar leña y madera a Gran Canaria, donde la presión sobre los recursos forestales era especialmente intensa [1]. El proceso de obtención del azúcar implicaba la trituración de la caña en trapiches, la extracción del jugo y su cocción en grandes calderas, lo que requería una fuente constante de energía proveniente de los bosques circundantes. Esta explotación intensiva condujo a la desaparición de extensas áreas de laurisilva y bosque termófilo, que solo sobrevivieron en las zonas más escarpadas e inaccesibles de los barrancos [1].
El ciclo de la caña de azúcar fue, por tanto, uno de los principales motores de la deforestación histórica en Canarias. El texto señala que “la obtención de pez en las pegueras fue la principal causa de desaparición de los pinares canarios en muchas zonas, en particular las más cercanas a la costa y de más fácil extracción hasta los lugares de consumo. Pero, se debe a la caña de azúcar (Saccharum officinarum), y su transformación en los ingenios, la causa fundamental de la deforestación de los bosques más singulares y destacados” [1].
La localización de los ingenios dependía de la abundancia de agua y de leñas, lo que explica que las áreas más fértiles y húmedas fueran las primeras en perder su cobertura forestal. En Tenerife, Gran Canaria, La Palma y La Gomera, el cultivo de la caña se extendió por las zonas bajas del húmedo barlovento, ligado a los suelos más profundos y cercanos a los núcleos de población. En estas comarcas, la laurisilva y el bosque termófilo solo pudieron sobrevivir en las escarpadas paredes de los barrancos o en lugares alejados de los ingenios [1].
Aunque se desconoce el número exacto de ingenios, se estima que en Gran Canaria llegaron a existir cerca de treinta, lo que da idea de la magnitud del fenómeno. La presión sobre los recursos forestales fue tal que, a mediados del siglo XVII, el ciclo de la caña entró en crisis debido al aumento del coste de la leña y la competencia de la producción americana, que utilizaba la selva caribeña como fuente de combustible [1].
El fin de la era azucarera no supuso la recuperación inmediata de los bosques, ya que la presión demográfica y la expansión agrícola continuaron afectando a los ecosistemas insulares. Sin embargo, la deforestación provocada por la caña de azúcar dejó una huella indeleble en el paisaje de Canarias, alterando de manera irreversible la distribución y composición de sus masas forestales [1].
