Ilustración histórica de San Cristóbal de La Laguna como ciudad abierta y planificada
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Hay una paradoja geográfica que merece más atención de la que recibe, ¿pero en qué sentido? Algunas de las ciudades más reconocibles de América Latina —La Habana, Lima, Cartagena de Indias, San Juan de Puerto Rico— tienen un modelo original que no está en Europa continental, sino en una isla atlántica de apenas cien kilómetros cuadrados.

Se llama San Cristóbal de La Laguna, está en Tenerife, y la mayoría de la gente que ha caminado por sus calles y de los cuentos escuchados no sabe que estaba, en cierto modo, repitiendo un recorrido de quinientos años de antigüedad.

La Laguna se fundó en 1497, justo después de la conquista de Tenerife. El adelantado Alonso Fernández de Lugo, encargado de construir la nueva capital, tomó una decisión que entonces resultaba casi escandalosa: no levantaría murallas. En pleno siglo XV, cuando toda ciudad medianamente importante se protegía con piedra y foso, La Laguna nació abierta. Calles rectas, manzanas regulares, una plaza central desde la que irradiaba el poder civil y religioso, casas con altura moderada para que circularan el aire y la luz. Un experimento urbanístico renacentista y diferente, puesto en práctica en el Atlántico antes de que el Renacimiento terminara de llegar a muchos rincones de Europa.

Lo que siguió es casi lógico, visto en retrospectiva. Las naves que partían hacia América pasaban por Canarias —las islas eran la última escala antes del gran salto oceánico— y sus tripulantes, administradores y arquitectos conocían bien La Laguna. Cuando el Imperio español necesitó fundar ciudades en el Nuevo Mundo, tenía a mano un modelo que ya había funcionado: la retícula ortogonal, la ciudad sin murallas, el espacio público como eje de la vida colectiva. La Habana, Lima, Cartagena de Indias o San Juan de Puerto Rico fueron creadas a imagen y semejanza de San Cristóbal de La Laguna.

La Laguna es, según el propio Ayuntamiento, el primer ejemplo de ciudad-territorio no fortificada de su época, construida según un modelo que se inspiró en la navegación y la ciencia del momento y que fue exportada a los nuevos asentamientos de América durante el siglo XVI. De hecho, la UNESCO lo reconoció en 1999, declarándola Patrimonio de la Humanidad. El criterio oficial habla de “excepcional valor universal como diseño urbano”. Que suele ser la manera académica de decir que alguien hizo algo brillante antes de que nadie lo llamara así.

Hoy La Laguna convive sin demasiado drama con su propio peso histórico. Las fachadas de sus casas señoriales, los patios interiores llenos de vegetación y las elaboradas balconadas de madera tallada recuerdan claramente a las ciudades americanas —o más bien al revés, aunque el hábito visual nos engañe. Por sus calles pasan estudiantes de la universidad más antigua de Canarias, turistas que han bajado del Teide, y residentes que compran el pan en las mismas esquinas de siempre. La ciudad no se ha conservado en formol: sigue siendo un lugar vivo, con bares, librerías, conciertos en el Teatro Leal y esa mezcla de generaciones que solo tienen las ciudades universitarias.

Quizá eso sea lo más curioso de todo. Que La Laguna no necesita reivindicarse como cuna de nada. La influencia ya ocurrió, está en los planos de media América, y la ciudad simplemente sigue ahí, con sus calles abiertas y sin murallas, igual que el primer día, desde la fecha de su nacimiento.

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