En 1927, las Islas Canarias experimentaron un cambio administrativo significativo con la creación de dos provincias: Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife. Esta decisión fue impulsada por la necesidad de mejorar la gestión administrativa y económica del archipiélago, que hasta entonces había sido una única provincia. La división respondió a las demandas de una administración más eficiente y a las crecientes tensiones regionales entre las islas orientales y occidentales. Las Palmas de Gran Canaria se convirtió en la capital de la provincia oriental, mientras que Santa Cruz de Tenerife lo hizo para la occidental. Este cambio tuvo un impacto duradero en la política y la economía de las islas, fomentando un desarrollo más equilibrado y permitiendo una representación más equitativa en el gobierno central. La separación en dos provincias sigue siendo un elemento clave en la identidad regional y administrativa de Canarias.
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